martes, 15 de julio de 2014

La virtud

A veces me cruzo con hombres por la calle y pienso que con cualquiera de ellos podría ensuciar la esencia de mi virtud, pero enseguida recuerdo las palabras de mi madre y comprendo que ésta sólo merece la pulcritud que puede proporcionarle el respeto.
Pienso en la clase a la que se refieren los pueblerinos cuando dividen a las mujeres en respetables o sucias. La misma que te marca por la calle cuando al pasar delante de sus vecinos más antiguos hace que te miren con simpatía o desdén, la repulsión que experimentan ante toda mujer desviada del camino, por toda aquella que no mantenga la virtud como señal de respeto.
Me pregunto en ocasiones si los mismos que aquí juzgan serán tan comedidos en la intimidad de sus alcobas como para mirar por encima del hombro a toda aquella que conserva un pasado, o tiene la desfachatez de mantener la mirada de un hombre durante más de cinco segundos seguidos.
Me pregunto si lo único importante entre tanta basura pueblerina será la apariencia en la que ellos mismos se escudan para mirarte de frente o de lado. Me pregunto cómo serán ellos en lo más recóndito de sus almas, perdidas en esa absurda herencia de juicios morales y apariencias.
Las más ancianas recuerdan su juventud con maltrecha melancolía. Las hay que han parido hijos y dicen no recordar haber entendido el placer al crear ninguno. Pero se jactan en el consuelo de no haber levantado jamás la cabeza en la calle ante la mirada inquisidora de un varón. 
Oh ellas! Tan sacrificadas durante años con el único consuelo de ser respetadas entre la clase. De no dejar tras su tufo neftalínico nada que pueda ser devorado en lenguas ajenas, que a buen seguro han sido menos virtuosas que ellas.
A veces me cruzo con hombres por la calle y procuro no mantenerles la mirada más de cinco segundos en presencia de mi madre. Pero si por suerte encuentro a la mujer distraída y el caballero en cuestión lo amerita, sonrió un poco mientras agacho la cabeza, y regreso a casa con una punzada en el alma y un poco de sabor a triunfo en el interior.

jueves, 27 de marzo de 2014

Rincones oscuros.

El la única postura que me reconozco mis tobillos descansan sobre tus hombros mientras tus manos agarran con firmeza mis piernas para amainar su temblor.
Es así como pasan mis noches, imaginándote inútilmente hasta caer rendida en brazos de cualquier rincón, hasta conseguir el dolor que me proporcionas.
Preferiría mil veces rendirme a tus pies antes de abandonarme en brazos de cualquier sueño que no lleve a tu cuerpo. Arrastrarme sucia hasta tu sexo húmedo y subir hasta él enredada en tus piernas.
En la única postura que me reconozco la textura caliente de tu lengua dibuja círculos entre los pliegues incandescentes de mi sexo de hembra, haciendo que cualquier prenda que lleve encima moleste, dejando llagas de dolor en los bordes de la piel.
No sé reconocerme de otro modo si no es a través del placer que imaginarte me provoca. No sé vivir de otra manera que no sea a través de tus ojos, cuando pacientes, esperan el momento oportuno de captar el instante en que me derramo para ellos.
No sé reconocerme de otro modo que no lleve implícito mi nombre en tus labios, mientras susurras cerca de mi cuello palabras que pervierten el sentido de mi dignidad.
No quiero otra postura que no sea debajo de ti, ni más reconocimiento que el que adquiero, cuando al cerrar los ojos, mis tobillos vuelven a descansar sobre tus hombros, y muerdes sin misericordia mi sexo caliente, rizado y húmedo de hembra.

domingo, 23 de marzo de 2014

Obsesión

Cada vez le resultaba más difícil resistirse a la imaginación y evitar encontrar la manera de cerrar los ojos acomodándose en cualquier rincón de la casa para excitarse. Era un juego que había aprendido desde niña y con el paso de los años se había ido perfeccionando hasta alcanzar el control absoluto de cada centímetro de piel, de cada contracción muscular involuntaria.
Se recordaba a ella misma en aquella cama de internado imaginando las manos del cura sobre su vientre y la reacción que el cuerpo había aprendido mediante condicionamiento era un perverso modo de actuar que difícilmente podría extinguirse ya de adulta. Luego, aquel modo de acción se extendió a otras situaciones, a otros momentos cada vez más buscados, y así, con los años, se proporcionaba la humedad que tanta falta le hacía a su cabeza y que con tanta rigurosidad fluía entre sus piernas.
Se abandonaba en cualquier lugar de la casa, cerraba los ojos y todo lo absurdo de cuanto la rodeaba se desvanecía de repente en el momento en que sus caderas cobraban vida propia reproduciendo los movimientos que alguien, imaginario, provocaba en el interior de su cabeza.
Se excitaba poco a poco con aquellas imágenes metales tan vívidas y nítidas, tan reales y palpables, tan inmisericordes y crueles. Se excitaba imaginando todo cuanto necesitaba su piel hasta alcanzar un dolor en el sexo que sólo calmaban los movimientos que acompañaban aquel juego estúpido, y sin embargo, tan necesario ya para identificarse.
Todo había comenzado en aquella cama de internado donde en más de una ocasión el padre Ángel había depositado las manos sobre su vientre, donde los dedos del hombre se habían enredado una y otra vez en el vello rizado de su sexo inflamado y donde enterró su infancia para encontrar un camino en el que poder sobrevivir en la edad adulta.

viernes, 7 de marzo de 2014

Trazos IV

Marqué el porvenir debajo de aquella sotana negra, cuando las ideas pronto comenzaron a tomar forma y definir con exactitud el significado real de la libertad. 
Jugaba sin límites, intentando dormir despierta cuando todos creían que me había rendido el sueño, y así, me trasladaba a un mundo que me pertenecía en solitario y nadie podía averiguar porque dentro de mi mente prepúber sólo vivía él.
Le observaba de día para recrearle más tarde. Me fijaba en los gestos y había conseguido mediante una especie de aglutinación sensorial obtener una imagen nítida de sus manos, su boca y sus ojos.
Luego, en las noches, le visualizaba con una perfección de detalle casi extrema de pie junto al altar mayor, mientras me acercaba guiada por las velas que permitían definir el recinto y su figura. 
Colocaba mi mano sobre el sexo por encima de la sotana, e inmediatamente la dureza del hombre pasaba a contraer los músculos de mi sexualidad de niña, tan lejos ya, tan olvidada.
Y el hombre gemía en mi cabeza con el simple gesto de mi mano excitada, y mi cuerpo reaccionaba a sus gemidos entrando en una especie de trance donde cada centímetro de piel le pertenecía hacía tiempo.
Nos mirábamos y sus dedos iban instintivamente a parar dentro de mi boca, los mordía con avidez y el hombre gemía de dolor preso de aquella excitación indescriptiblemente placentera y fugaz. Uníamos nuestros labios para redimirnos juntos y el contacto de su lengua en los míos provocaba una condena de la que jamás hubiera permitido la absolución inmediata.
Cogía sus manos y le guiaba a través de mis contornos hacia el sexo, donde él siempre se paraba con temor. Le miraba segura, incitándole a seguir, suplicándole que lo hiciera. Y el hombre, introducía sus dedos en mis neuronas a través de aquel sexo de niña, despacio al principio, sin piedad dos minutos más tarde, hasta conseguir que me derramase en su mano al igual que me derramaba cada Domingo cuando al ir a darme la comunión, yo extendía la lengua.

viernes, 28 de febrero de 2014

Trazos III


Nada revive el pasado con tanta fuerza como un olor al que una vez se asoció

Vladimir Novokiv

La primera vez que el sacerdote reunió el valor suficiente para enfrentarse a Dios ella estaba castigada y se encontraba limpiando la sacristía. Vivía dormida, con la mirada perdida entre los paños del altar mayor cuando reparó en el hombre parado en la puerta. Se acercó y ambos quedaron así, uno al lado del otro, largo rato en silencio. Entre los dos un antiguo testamento y sobre ambos aquel Dios al que ya no le quedaban fuerzas cuando la mano de ella se acercó a la del hombre y éste no retiró la suya. Todo él olía a santidad, todo cuanto era estaba adornado con aquel olor característico que hace a los hombres mártires a ojos del mundo, irresistible para ella. Representaba fuerza, protección, lo que siempre había anhelado como imagen a la que aferrarse en momentos difíciles, la válvula de escape que la hiciera vivir despierta en aquella cárcel para niñas. 
Y ambos se miraron, y ella bajo la vista al suelo, y en el suelo terminaron cuando el hombre reunió el valor suficiente para ponerse de rodillas y buscar bajo su falda, descubriendo que Dios no sólo habita en los libros, arrancándole gemidos, hundiendo el rostro en el sexo de aquella niña que había dejado su infancia ya lejos y ahora se agachaba para acercarse a sus labios y beber su propio sexo desbordado, cuyo olor, mezclado con la saliva del sacerdote, iba a quedársele para siempre clavado en la memoria.

martes, 25 de febrero de 2014

Trazos II

Aún conservo aquella Biblia. Nunca supe si el olor a hombre sobrevivía al papel o era el interes de mi memoria la que proyectaba sobre el mismo su recuerdo cada vez que guiada por el instinto acercaba el libro a mi rostro. Intenté alguna vez resistirle, sobrevivir al impulso de ocultarme entre los renglones que hablaban de sexo y de Dios. Pasar simplemente las páginas, pero terminaba por encontrarle incluso en la piel roja de letras doradas por donde jugaron mis dedos todos aquellos años.
Dos palabras, tan llenas de significado para mi memoria como lo eran el olor a incienso y cera derretida, a paños recién planchados y a sacristía. A dedos que rozaban la superficie de la tinta dorada recordando los del sacerdote, arrancándome la humedad que necesitaba para saberse hombre antes que palabra, mártir de pecado, encontrando la redención bajo mi uniforme tableado de pubertad.

lunes, 10 de febrero de 2014

Trazos

Me gustaba observarle mientras impartía catequesis por la tarde, frente al comedor. Le miraba fijamente a los ojos hasta que su voz se diluía en mi cabeza y sólo era capaz de percibir con claridad el movimiento de sus labios. Obtenía placer a escondidas, imaginando el sabor de su boca, deleitándome en los contornos de su mandíbula.
El padre Ángel tenía los ojos del mismo color que mi conciencia. El vello que le asomaba por los puños de la sotana se enredaba a mi piel haciéndome sentir que el hombre pensaba dentro de mi cabeza.
Pasaba horas mirándole a escondidas, para imaginarle más tarde sentado en aquel incómodo sillón de terciopelo azul al que yo me aferraba a horcajadas, sobre él, bajo aquel Dios que nos vigilaba y presidía solemne su despacho. Podía sentir el sexo del sacerdote latiendo bajo mi falda tableada de cuadros rojos, las yemas de los dedos húmedas de rubor, los ojos oscuros fijos en los míos y aquella necesidad clavada en la piel provocando incapacidad para distinguir placer y dolor. Aquella necesidad, la misma que lo obligaba cada noche a masturbarse en su diminuta habitación, entre lágrimas, con mis manos, mientras el sudor que desprendía su cuerpo inundaba mi sexo despertándolo a la vida, y sus manos, a través de las mías, hablaban de Dios.