domingo, 28 de junio de 2015

Sólo era un perro.

Hay ocasiones en las que me sorprendo a mi misma tirada en el sofá ensimismada en el humo de un cigarrillo, perdida la mirada, pensando. Puedo incluso verme como simple espectadora desde otro lugar de la habitación, sumida en pensamientos oscuros, extraños, paradójicos y recurrentes.
Hay ocasiones en las que discurra por mi cabeza lo que discurra acabo pensando siempre lo mismo, el desprecio que siento por la especie humana, la razón del asco social que me invade y arrastra.
Cualquier psiquiatra de esos que se dejan llevar fácilmente por la teoría y los libros opinaría que mi asco es producto de una vida aburrida e insípida, de una carencia de referente en la infancia o incluso de una violación imaginaria. Cualquier psiquiatra miraría dentro de mi cabeza buscando el fallo técnico, la desconexión, la falta de sinapsis adecuada, el desorden físico o el golpe en el lóbulo determinado. Cualquier psiquiatra se perdería en estudios interminables y pruebas...
Yo, cuando el pensamiento se hace tan intenso que me impide respirar, simplemente enciendo el televisor, me meto en una red social o salgo a la calle. Después de una pequeña toma de contacto con el mundo vuelvo a casa mucho mas tranquila y relajada, consolada e incluso sonriente. Y vuelvo a reconciliarme conmigo misma.

Alcala de Guadaira, tres y media de la tarde y cuarenta y cinco grados a la sombra, para irnos situando.
Las pocas personas que a esas horas van de un lado para otro culminando su jornada oyen gritos y lamentos, llantos en algún lugar que no logran ubicar, desesperación, agonía...
De repente algunos caen en la cuenta de que los gritos provienen de arriba, de una azotea, un cuarto piso donde un perro, galgo, se achicharra al sol.
Comienzan a mirar hacia arriba y otros se unen al espectáculo. El animal, asomado al malecón continúa llorando y lamentándose. Se quema, se achicharra vivo y en aquella maldita azotea no hay ni siquiera un rincón de sombra, cuarenta y cinco grados.
Los vecinos llaman al portero automático intentando localizar a los dueños, no están, son una familia de ocupas que en ese momento estarían compartiendo jeringuilla en cualquier esquina, olvidando que tienen un perro o quizás conscientes del desenlace ya planeado.
Los vecinos siguen en su empeño llamando a las policía nacional que como única respuesta alega que no es competencia suya. Pasan los minutos en el reloj y el animal sigue gritando desesperado.
Nueva llamada, esta vez al 112 con el mismo resultado, mas sol, mas minutos pasando en el reloj y cada vez más lamentos del animal que hace amagos de tirarse par salir de aquel infierno.
Otra llamada a al policía local, mismo resultado, de nadie es competencia el sufrimiento de un perro...
Buscan el modo, piensan, idean la manera de entrar en el edificio por algún lugar cuando sucede el desenlace...
Desesperado el animal se lanza al vacío sin que nadie pueda evitarlo. Se tira, es el único remedio que ve posible a su sufrimiento, una medida desesperada que lo lleva a una muerte certera y cruel, la misma que hubiera encontrado allí arriba...
Todos se miran y se hace el silencio, impotentes, angustiados, derrotados finalmente.
Supongo que si el animal hubiera caído encima de alguien y le hubiera abierto la cabeza se habría levantado el pueblo entero e incluso nos habríamos visto en los telediarios, pero sólo era un perro.
Algunas veces pienso que como especie, lo único bueno que podríamos hacer por el medio que nos rodea sería extinguirnos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Un perro para un cabrón.

Tengo un vecino al que ha dejado su mujer y para compensar la pérdida se ha comprado un perro.
La idea no me parece mala, todos conocemos lo leales y buenos compañeros que son estos animales, el problema radica en que a mi vecino le faltan todas las neuronas que un día decidió dejar en el gimnasio cultivando su cuerpo para compensar alguna que otra pérdida más anatómica.
Él, que un día al volver del entrenamiento se encontró a su mujer dándole picadero en la cama a un potro mucho menos musculado, quiere ahora imponer disciplina militar a un animal cuyo único error ha sido cruzarse en su camino, sin voluntad propia, sin alternativa, como tantos otros.
Se levanta muy temprano para pasear la Laica, que así se llama la bóxer que ha decidido acoger como compañera presuponiendo que ésta le será más fiel, se calza toda su equipo deportivo y sale a la calle, cornamenta incluida.
Hasta aquí la historia no tiene nada de sorprendente, un tonto más que a falta de dinero para sustituir lo que los anabolizantes le han dejado de polla por un buen coche, ha optado por algo más económico que a su vez también pueda someter y lucir en público.
Lo curioso de la historia es que el tipo da diez pasos y le ordena al animal que se siente, si ésta no lo hace tira del collar de castigo que lleva puesto y la deja inutilizada para poder dar otros diez.
Así comienza su jornada matutina, con serias dificultades para atravesar los marcos de las puertas y dando tirones del collar del animal a la vez que mantiene la cabeza bien alta para disimular unos cuernos que le impiden razonar con normalidad.
A la hora de la comida la cosa se pone aún más interesante, llena el cacharro del Laica y cuando ésta se lanza a degustar lo que le pertenece vuelve a pegarle gritos diciéndole que comerá  solo y exclusivamente cuando él se lo ordene, y el animal le mira fijamente con las orejas agachadas no sé si de pena o vergüenza al intentar comprender al castrado mental que le ha tocado por dueño.
De repente grita; ¡come! Y el pobre animal se queda paralizado. Cuando el animal comienza a comer el grita; ¡ahora no! Y ella se tumba en el suelo sin saber qué hacer. Entonces él vuelve a gritar; ¡estúpida! Y así, supongo que suple en cierto modo las carencias que como macho en la cama y fuera de ella no ha sabido satisfacer.
De momento Laica es pequeña y su única ambición es morder zapatillas y olisquear rincones donde marcar un territorio. De momento entiende pocas órdenes e incluso mueve la cola al verle llegar. De momento Laica lo mira desconcertada pero pronto pasara a mirarle con rencor, el único sentimiento que sólo puede anidar en la cabeza de un animal al que han apaleado de pequeño.
Quizá un día se le enfrente cansada de tanto sometimiento y se revele, o se marche con otro tipo menos guapo y más hombre, como hizo su mujer.

domingo, 15 de marzo de 2015

Las lentejas de Magdalena

Cuando se vive recluida y aislada del exterior se agudizan los sentidos. Un ruido podía congelarnos de golpe esperando alguna orden por megafonía, o un olor que llegase de la cocina podía hacer que alguna de nosotras se bloquease, dejando de tener significado para ella cualquier actividad...

Era el caso de Magdalena que jugaba ajena a todo cuanto se cocía en la cocina. Saltaba la comba cansada, con aquella apatía que la arrastraba día a día a tomarse cualquier juego como algo difícil de practicar, como castigo o broma pesada.
Los niños son crueles por naturaleza y si alguna de nosotras, ajena al juego, se entretenía mirando por la ventana de la cocina y había tenido la suerte de sacarle a Rosita, la cocinera, información sobre el plato del día, corría a mitad del patio para gritarlo a los cuatro vientos. Las risas se multiplicaban si para colmo, el plato del día eran lentejas, entonces casi la mayoría reía y celebraba el tan conocido espectáculo que sucedería después, como alimañas al olor de un cadáver.
Era entonces cuando magdalena se bloqueaba y comenzaba a temblar, vaticinando el desastre, la agonía, el cruel desenlace de los acontecimientos.
Lloraba, se orinaba encima y buscaba algún rincón donde esconderse, pero nada de lo que pudiera hacer era comprable con es espectáculo que sobrevendría después, que inevitablemente tenía que suceder, que llegaría...
Una vez todas a la mesa alguien tendría que buscarla y la hermana Ada se encargaba de aquella actividad que la hacía disfrutar sin estremecerse. Tampoco se apresuraba al ejercer su labor, sabía de antemano que el premio llegaría de la mano de Dios, que su recompensa merecería la pena por el simple placer de disfrutar del espectáculo. Nunca la entendí. En realidad jamás comprendí a ninguna de aquellas hermanas que se dedicaban por entero a Dios y dejaban el corazón a los pies de la cama cada día.
Magdalena siempre volvía mientras todas mirábamos con curiosidad infantil por las ventanas, esperando ver aparecer al buitre con la presa, excitadas por la adrenalina infantil del ritual, ávidas de acontecimientos que nos hicieran olvidar nuestra propia existencia.
Volvía arrastrándose envuelta en lagrimas de la mano de madre Ada, que la invitaba a sentarse a la mesa donde ya todas habíamos vuelto, y comenzaba a servir los platos.
Una vez terminado el servicio madre Ada se sentaba a su lado y empuñaba la tan temida cuchara. De mirada inquisitiva la instaba a comer, y Magdalena, que en esos momentos se debatía intentando respirar entre lágrimas y mocos, abría una y otra vez la boca mirándola fijamente, suplicándole el perdón que jamás llegaría hasta que no quedase una lenteja en el plato.
A la tercera cucharada Magdalena comenzaba a dar arcadas y las lentejas le salían por la nariz. Madre Ada, con una delicadeza exquisita rebañaba sus labios, su nariz y su barbilla llevándose junto a las lentejas las lagrimas y los mocos. Nueva cucharada completa, nuevamente arcadas, mas lagrimas y mas mocos...
Cuando la fatiga alcanzaba su punto más álgido Magdalena lo vomitaba todo de golpe, y madre Ada, guiada por esa seguridad que sólo caracterizaba a aquella monja, lo recogía todo en el plato y volvía a introducir la cuchara en su boca.
"Hay que dar gracias a Dios por estos alimentos" decía siempre aquella monja "si estuviérais tiradas en la calle a saber qué comeríais"
Cuando íbamos terminando llevábamos el plato a la cocina y podíamos salir a jugar. Magdalena siempre se quedaba allí, viéndonos salir una detrás de otra hasta que no quedaba nadie en el comedor. Entonces lloraba más y sus gritos podían oírse desde el patio, donde ninguna jugaba y todas nos limitábamos a esperarla. Donde ya el espectáculo tenía menos sentido, porque existían códigos y reglas allí dentro. Porque a cualquiera de nosotras podía tocarnos alguna vez. Porque sabíamos que tarde o temprano nos tocaría.

lunes, 9 de marzo de 2015

El hombre que nunca hacía preguntas.


Andrés coloca encima de la cama una vieja maleta donde va depositando todo cuanto le queda en la vida; un neceser para el aseo, algo de ropa y el retrato de Luisa, su esposa...

Andrés y Luisa llegaron a la residencia hace ocho años. Padres de cinco hijos no tuvieron la suerte de encontrar cobijo en ninguna de aquellas casas y terminaron como terminan hoy muchos ancianos en España, en residencias.
Luisa enfermó nada mas llegar a aquel lugar, duró pocas semanas y Andrés se quedo solo y rodeado de muchos en su misma situación, sumido en esa extraña soledad que te hace alejarte del resto.
Leía compulsivamente o jugaba al domino, que era la única situación donde podía vérsele interactuar con el resto de ancianos. Disfrutaba jugando y hablaba poco, sólo de vez en cuando levantaba la vista para guiñarme un ojo, un gesto cómplice del que yo disfrutaba también en silencio.
No encajó nunca entre demencias porque allí donde otros colocaban sus olvidos él depositaba su realidad en silencio, mirando fijamente cualquier punto de la habitación donde la luz que entraba por los grandes ventanales incidía sobre sus ojos y era reflejada al resto de la estancia, llenándola de respuestas. Tampoco hacía preguntas, cuando algo ocurría y otros llegaban para ver qué había pasado él se retiraba despacio, como conociendo todas las respuestas...
Y ahora doblaba con esmero su ropa para introducirla en aquella maleta vieja sin sonreír, mientras yo le observaba sin hacerle preguntas...
Vi a Andrés desaparecer de la habitación acompañado de su hijo y su nuera, que le ayudaban con la maleta y le decían que todo iba a ser diferente a partir de ese momento.
Recordé las palabras que días antes había oído decir a una monja: "Andrés se irá, su hijo se ha quedado en paro y necesitan los mil ochocientos euros que paga aquí para salir adelante"
Corrí hacia la ventana y estaba a punto de meterse en el coche. Miró hacia donde yo siempre me colocaba y sonrío, volvió a guiñarme un ojo como queriéndome decir; "no te preocupes Fátima, tu secreto está a salvo conmigo"...

lunes, 2 de marzo de 2015

Enemigo íntimo.

Me intimidaba su presencia a kilómetros de mi porque mi piel sabía cómo sentirle cerca.
Le intuía detrás de las paredes de las habitaciones, detrás de cada uno de mis pasos que él observaba. Me daba vergüenza desnudarme en soledad intuyendo sus ojos transparentes, temía verme reflejada en ellos, temía comprobar que todo era producto de mi necesidad, del silencio.
Temía equivocarme, levantar la vista y que no estuviera allí donde le había imaginado. Temía perder el control dejándome llevar por la razón y terminar sumida nuevamente en la rutina.
Me intimidaba su presencia a kilómetros de mi porque ya formaba parte de mi respiración y hacia años que no respiraba de un modo tan acelerado.
Le intuía detrás de cada esquina y en cada pared de la casa podía verle.
Temía colocar la palabra en el lugar equivocado y que todo se desvaneciera. Temía haberle soñado y haber imaginado sus ojos mirando al mar.
Le intuía cerca, tan cerca que en ocasiones temblaba de placer imaginando sus caricias, como si el mar, en una competición febril, hubiera decidido inundarme de azul. Como si el destino jugase conmigo en forma de enemigo.


domingo, 1 de marzo de 2015

Húmedo

Yo quería dormir echada en su pecho mientras sus manos me abrazaban. 
Quería quedarme así, acurrucada al compás de su respiración. 
Quería sentirle respirar profundamente, navegando despacio bajo mi cabeza, como un velero que no tiene prisa por llegar a su destino.
Quería mirarle sin que él lo supiera e imaginar su boca rodeando mis labios. 
Quería recrearme en sus contornos de hombre, en sus manos grandes y en su pecho amplio.
Yo quería hacerle el amor dormido, pasar mi lengua despacio por sus caderas sintiéndolas despertar.
Quería sentirle debajo de mi, atrapado entre mis piernas, como en una carcel.
Quería comprobar cómo lo movía la necesidad.
Quería apoyarme en sus manos para galoparle sintiendo cómo su sexo exigía la caricia.
Le quería en mi cama o en la suya, en la ajena o en la extraña. 
Le quería pensando dentro de mi cabeza.
Le quería así, húmedo...

domingo, 22 de febrero de 2015

A José Luis Alvite




Cuando una mujer le cuenta a un hombre lo que siente ella no pretende que le solucione nada, sino que se calle y la escuche.

Le conocí en un bar de esos virtuales a los que los hombres acudían ya sudados de casa. Un bar de esos en los que el ambiente suena tan cargado como los bronquios del pianista. Un bar donde las mujeres ya estaban excitadas mucho antes de que cayeran rendidos a sus pies los protagonistas de las películas. Un bar donde el humo del tabaco mezclado con el olor a sexo femenino te deja cao diez pasos antes de alcanzar la barra. Un bar como otro cualquiera donde acudía la gente que no encajaba bien en ningún otro lugar. 
Era desordenado y triste, un tipo de esos a los que jamás espero un perro en el rellano de la entrada de su casa ni ningún niño invito al teatro del colegio en Navidad. Era un tipo de esos que a lo único que aspiraban en aquella época era a llegar de pie al cuarto de baño, por eso se sentaba cerca de la puerta de atrás, por si no le daba tiempo a llegar al lavabo.
Yo corría en aquella época huyendo de cualquier cosa que llevase nombre de contrato y él corría en mi misma dirección, supongo que huyendo de la última mujer a la que por error le había pedido matrimonio, tenía la extraña costumbre de buscar siempre un anillo al ver llorar a alguna de ellas.
Hablaba en blanco y negro cuando me senté junto a él en la esquina de aquella barra donde sólo podía intuirle porque todo él era una columna de humo. Fumaba en exceso y ese fue nuestro punto de partida, le dije que un día le mataría el puto tabaco y sonrió.
Llevo días yéndome a dormir con la sensación de llevarte pensando dentro de mi cabeza, dijo. Y esperó a que fuese yo quien comenzara contándole la historia de mi vida. Intuí que había aprendido a escuchar a una mujer antes que a hablar, aunque después del desahogo ella hubiera elegido siempre al tipo duro que sólo la había mirado el tiempo suficiente como para calentarle la entrepierna.
Y hablé durante toda la noche, durante días sucesivos a los que precedieron semanas y charlas interminables. Hablé para aquel hombre que escuchaba tranquilo, para alguien a quien conocí por casualidad, huyendo de algo que todavía hoy no he logrado descifrar, algo de lo que sigo huyendo.
He de reconocer que siempre he disfrutado del placer que supone instalarse en la tristeza y aquel tipo era como yo. Él había vivido cosas que yo jamás hubiera podido imaginar y yo quería oírlas todas de sus labios, de aquella voz en blanco y negro que me desgarraba entera y me dejaba en sus manos.
Conocía el lenguaje de la calle y los vómitos de alcantarillas, conocía lo que a mi me había estado vetado por mi condición de reclusa pueblerina, de inadaptada social. Me conocía incluso antes de haber reparado en él porque habían sido cientos las mujeres que como yo alguna vez frecuentaron aquella barra.
¿Qué esperas de un hombre como yo? Me dijo una noche...
Que me quieras como se quiere a un perro abandonado porque yo te seguiré con la misma fidelidad, respondí. Imagina que sólo soy un perrillo que busca una caricia de cariño...
Mora desconfiada, dijo, yo podría darte cualquier cosa menos cariño...
Y yo colocaba mi cabeza contra su pecho mientras él contaba historias de prostitutas, alcohol, drogas, cárceles noche y sexo, de hombres infieles por naturaleza y mujeres putas por convicción, historias de la calle que nadie como él conocía tan bien, su terreno.
Le quise desde el instante en que me di cuenta de que lo único importante en su vida sería lo que alguna de aquellas mujeres de dudosa reputación llorasen un día sobre su lápida. Le quise incluso antes de terminar de conocerle. Y así volvía cada noche a la barra de aquel bar donde encajaban bien personas como yo, buscándole, descubriendo al padre que había esperado sentada en aquella ventana durante años...
Frecuentaba aquel lugar donde me encontraba bien y dejaba que aquel tipo me contase su vida llena de ausencias, de corazones vacíos y sabanas sucias de hotel. Volvía impaciente e incluso contaba las horas del reloj para volver a verle, para volver a sentirme viva a su lado, para respirar del humo de aquel tabaco que un día nos mataría a ambos y que a esas alturas ya me importaba una mierda. Una y otra vez volvía guiada por la necesidad que él había creado dentro de mi, aquella sensación de plenitud que encontraba en sus ojos y aquella sonrisa que sabía le suponía mi presencia.
Él me esperaba cada noche porque conocía mis angustias, esa parcela de mi que estaba descubriendo a su lado y juntos disfrutábamos del placer que supone compartir tristezas. Me esperaba cada noche imaginando que subsanaba el error de no haber acudido a la puerta del colegio a recoger a alguien como yo por haberse dedicado a salvar princesas, yo llegaba cansada de esperar príncipes que aparecen fatigados con caballos a la espalda. Nos habíamos dedicado a buscarnos eternamente equivocándonos una y otra vez, hasta encontrarnos. Y fue entonces cuando nos prometimos que jamás nos separaríamos el uno del otro, que yo hablaría durante horas y él escucharía, para luego enseñarme historias dibujadas con su voz en blanco y negro. Para enseñarme un mundo que yo iría descubriendo a través de sus palabras. Para vivir historias que jamás hubiera imaginado que pudieran existir.
Me hizo prometerle que un día escribiría sobre aquella extraña amistad y él prometió a su vez que jamás se marcharía de mi lado. 
Y aquí sigo, esperando en la barra del aquel bar a que mi padre encuentre en el fondo de una copa el instante de lucidez que le haga recordar que tiene que volver a recogerme. Seguro que él se ha entretenido planeando la fiesta de cumpleaños que nunca me dio. Seguro que él se ha empeñado en buscar otro pañuelo u otro anillo.