sábado, 12 de agosto de 2017

A caballo.

Pasó la mayor parte de su vida cabalgando entre el pico de una aguja y el borde de una botella, en cuyo fondo, podía adivinarse la fecha de su muerte en el mismo momento en que su padre la descorchó para celebrar su nacimiento. Hizo méritos para que nadie quitase de su biografía los cien años que supo añadirle a su físico cumplidos los cuarenta. Llegó tan alto cuesta abajo que naufragó de cabeza, como un río de ácido donde se descompone en cursiva la caligrafía inclinada de una esquela. Y fue ahí, al borde de la autodestrucción, cuando su cerebro estuvo en condiciones de producir los pensamientos más sublimes, dando los resultados más sorprendentes.
Un día se miró al espejo y fue incapaz de reconocer su propio cadaver. Fue entonces cuando tomó la decisión de apearse de aquel caballo por el que nadie hubiera apostado sin tener con anterioridad la certeza de que ganaría el que menos tiempo tardase en caer o más en levantarse.
Sí, Julián decidió salir de la montaña rusa que lo había mantenido durante veinte años sujeto a la implacable geometría de la rutina. Una rutina tan colocada que sólo se ponía de pie para asegurarse el placer que conlleva caer en otra postura. Tan vacía que hasta el sol hubiera agonizado como cera necrológica en el certero y desordenado camino hacia su propio funeral, dejando a su paso desprovistas de ángeles las columnas que sostenían el sudario con el que nació.
Después de casi dos años limpio Julián terminó un buen día en la planta de medicina interna de un hospital cualquiera, aquejado de un color amarillento que insinuaba que aquel hígado no estaba funcionando como debería. 
Comenzaron las pruebas que soportó estoicamente siempre con una sonrisa, comenzaron los quebraderos de cabeza por parte de los médicos intentando averiguar qué ocurría y comenzó el peregrinar de los familiares...
Una noche, cuando todavía no se había cumplido una semana de su ingreso, Julián se sintió mal. Un fuerte dolor en el pecho llevó al médico de guardia a hacer una analítica de urgencia, donde el bajo nivel de hemoglobina dictaminó que Julián debía de ser transfundido de inmediato.
Se pidió sangre a laboratorio a las cuatro de la mañana y se preparó en el momento, pero quedó sobre una de las mesas sin que el celador, que a esa hora estaba atendiendo otra petición, recordase que debía de subirla al volver. A las seis de la madrugada Julián había empeorado y la sangre fue requerida nuevamente, sin que alguno de los celadores tuvieran tiempo de subirla o se mandase a alguna auxiliar de enfermería a por ella. Algo después, el internista de guardia llamó por teléfono a la jefa de UCI para que subiera a ver a Julián, argumentando que, según su criterio, necesitaba ser bajado a UCI porque su situación era crítica y estaba empeorando muy rápido. Ella que en ese momento tenía otro ingreso, se excusó dictaminando que en primer lugar no veía al paciente para la UCI y, en segundo, que aunque lo bajase, no podría estar pendiente de él porque estaba controlando otra urgencia y dos cosas a la vez no era capaz de hacer. 
A las ocho menos cuarto se volvió a llamar a laboratorio. La respuesta del celador que atendió el teléfono fue que estaba en el cambio de turno y que él no iba a llevar la sangre, que la subiera el que tenía que entrar en su lugar....
Cuando al fin llegó la sangre a medicina interna y se dispuso a preparar al paciente para ser transfundido éste se había levantado de la cama sintiéndose mal, cayendo al suelo en el intento con una parada cardiorespiratoria.
Todo se aceleró de inmediato y, siete médicos, incluida la internista de UCI, comenzaron una lucha a muerte por devolver a Julián a la vida. Casi una hora de reanimación cardiaca, donde tres médicos se turnaban para darlo todo, una vía femoral por donde la sangre comenzó a entrar a chorros en un cuerpo que ya no la necesitaba y un corazon parado fue todo cuanto quedó de aquel presagio...
Sí, así fue cómo Julián cabalgó por última vez a lomos de otro error de tantos que habían configurado su vida. Fue así como se marchó mirando al techo mientras aquellos ojos azules deslizaban sus pasos sobre las pisadas de un cadáver y los restos de la batalla quedaban esparcidos por la habitación, incluidos los médicos. Como si el hospital que pudo salvarlo hubiera abierto sus puertas cuatro horas más tarde a kilómetros de allí. Como si al nacer, hubieran tenido que bautizado con los óleos de la extremaunción.

lunes, 31 de julio de 2017

Carta póstuma.

Querido Andrés...
He vuelto a la casa grande y, como anticipo, te diré que aquí el tiempo transcurre con la rutina y el sopor resultantes de asistir a una autopsia desde la butaca de un palco. Es, como si el viejo reloj de madera se hubiera quedado parado en otra época, y ahora, diese la hora en un idioma que únicamente entienden los muebles que se pudren alrededor, cargados de termitas.
Los platos de la cocina de María siguen esparcidos por el suelo, como si en el fervor de aquella huida, el sudor de la mujer se hubiera transformado en mármol menstrual, en cuya superficie, el ovárico recuerdo de una descamación tardía hubiera vuelto fértiles las plantas del jardín, las gallinas del corral y la imagen de nuestra señora.
Nada tiene que ver la vieja casa, querido Andrés, con la que doña Esperanza se afanó en transformar durante años en un hogar confortable, consiguiendo únicamente que cada uno de sus sobrinos la odiase con la misma intensidad y sutileza con la que ella solía guardar las apariencias en público.
Las ventanas, que han cedido a los años y al viento, dejaron correr la maleza que ahora se extiende por todo el zaguán haciendo bastante dificultoso el paso, y, los árboles del jardín, aprovecharon pequeñas grietas en las paredes para atravesar los muros, dándole a toda la estancia el triste y vomitivo sentido de aquello que ya sólo tiene valor como terreno baldío, donde, más que hogar, pareciese que se hubiera extinguido aquí la vida, el ruido y la especie.
¿Recuerdas cuando el doctor Romero concluyó que mis recuerdos infantiles eran provocados por "errores de falsa memoria"? Entonces, querido Andrés, no me hubiera importado perder mi reputación desafiando aquella estúpida teoría, porque ¿Cómo va a considerarse una broma del subconsciente deslizar yema de los dedos por la madera y volver a sentir a través de ella lo ocurrido en aquellos años? ¿Es acaso el recuerdo un error que rellena espacios en blanco si éstos no se verbalizan a los pies de un diván? Siempre fuí de la opinión de que el doctor apoyaba sus teorías en observaciones poco prácticas, donde su mano, tampoco se solía sustentar en lugares muy éticos, que le permitiesen ampliar sus conocimientos de un modo más objetivo y menos carnal...
Aún conserva la casa ese olor a madera y barniz que durante tanto tiempo he llevado en la maleta junto a una fotografía de tu infancia. Sí, aún mantiene esta maldita estancia el macabro olor a caoba de cuyo árbol debieron de colgar nuestros cadaveres, si alguno de nosotros hubiera tenido al menos el valor suficiente como para empuñar una cuerda en lugar de una aguja de punto de cruz.
Aún cierro los ojos y puedo rememorar nuestras risas infantiles desprovistas de toda maldad y obligación, de tristeza, dolor o recuerdos...
¿Has tenido alguna vez la sensación de llevar en la cabeza los recuerdos de otra cabeza? Pronto volveré a escribirte, Andrés. Prometo hacerlo cuando logre sacar de mi cabeza y de mi maleta aquella foto de tu infancia, el rosario con el que crecí, y, como buena creyente, una muda de ropa limpia y una biblia, donde lo único que no se transforme en tristeza sea la letra ilegible de mi ortografía inclinada.

jueves, 11 de mayo de 2017

La herida.

Llueve con intensidad. Un continuo goteo sobre los cristales de las ventanas la llenan de recuerdos. El viento impide que el agua, como el esqueleto de un velo, termine posándose en los restos que quedan de las cortinas. Los cristales de la galería, sucios de abandono, reflejan la imagen real y nítida de lo que años atrás fue un hermoso jardín. Nada como mirar a través de un cristal sucio para apreciar con claridad la belleza de las cosas.
Recuerda Dolores su infancia, mientras el reflejo de aquel espejo roto le devuelve la anatomía de una mujer mayor que ella, como si hubiera alcanzado la cima cuesta abajo, a ras del suelo y sobre sus propias heces, perdiendo la dignidad y el vértigo.
Recuerda a su madre que murió con veinte años más de los que tenía. La recuerda molida a golpes mientras en su cuerpo, las marcas de cada uno de ellos alcanzaban la consistencia palpitante de un fibroma en cuya naturaleza, hubiera conseguido hacer metástasis el paso del tiempo. Y aquel padre, un creyente aferrado a la Biblia. Rezando en la oscuridad de la noche a la vez que visitaba a tientas el dormitorio de su hija para comprobar qué pesaba más sobre su conciencia: la palabra de Dios o aquella pubertad imparable. Un hombre que sólo dejó huella en ella el día de su muerte...
No cesa la lluvia, ni siquiera el fuerte viento logra disipar de la cabeza de Dolores la idea que últimamente le domina el pensamiento. Entre tinieblas acaricia la mujer el vientre buscando la esferilodad de lo maternal, la obstetricia del recuerdo, el latido ahogado a golpes en el llanto de aquel hijo muerto. Encuentra valor en la semilla del hambre y los malos tratos para culminar su obra inacabada, a consecuencia del miedo, ese miedo acusador como el taladro de un vómito, como la dentellada del hambre y la miseria, que oscurecen las encías pudriendo la carne y la memoria.
Lo oye respirar tranquilo a su lado, relajado el hombre descansa sin ningún temor mientras el peligro de la herida lo acecha, tirado junto a ella como una medusa de trapo. 
Dolores lo observa muy de cerca buscando cualquier gesto que identifique el comienzo de la tragedia. Esperando, con la paciencia de un pecador y la certeza de un creyente, algún cambio en el rostro del hombre, que comienza a temblar levemente mientras su respiración se hace más distante y profunda, más agónica y liberadora. Abre él los ojos, la busca, ahogado en su propio miedo y sin merecer siquiera la extrema fotogenia del pánico, la misericordia del último instante. Extiende una mano implorando la ayuda que ella ya no puede ofrecerle, porque ha llegado a la conclusión de que una mujer puede vivir con la conciencia sucia, pero por lo general, sucumbe al cansancio.
Sale de aquella habitación cerrando la puerta tras de sí, enciende un cigarrillo y se sienta sobre uno de los escalones de la galería desde donde los cristales sucios le ofrecen la belleza del jardín. Todavía espera unos minutos antes de coger el móvil y marcar el 112.



viernes, 28 de abril de 2017

Mientras que la sombra de la muerte los una.

Cuando Dolores Sarmiento conoció a Luis imaginó que éste terminaría por deformar sus labios a base de besos, sin pararse a sospechar siquiera que sería con los puños, y no con la boca, con los que el fulano la mandaría a cuidados intensivos embarazada de ocho meses tres años más tarde.
Sí, Luis se parecía mucho al tipo que todos decían que no le convenía. Esa clase de hombre capaz de rezar con un cigarro entre los labios o cargar un arma con las cuentas de madera de un rosario. Luis era de esa clase de fulanos que a las mujeres les resulta atractivo por tener sangre en las manos, cicatrices en la recámara y sudor en la mirada. Hombres rudos que al abofetear hacen temblar las piernas y la cama, la razón y el remordimiento. Tipos que escupen en el suelo y salen de tu vida sin dejar una mancha en la cama que no hayan dejado antes en el corazón.
Y la Sarmiento se enamoró de aquel tipo que cacheaba su cuerpo con solo rozarla al pasar y hacía sangrar sus labios al besarla, como si además de veneno, llevase también en la sangre esa facilidad que tienen los de su clase para ayudar a una mujer haciéndole daño, cada vez que salía de la casa y de su vida, haciéndola creer que lo perdía para siempre.
Cuando Dolores Sarmiento conoció a Luis pensó que si algún día les fallaba el amor, él se habría encargado con anterioridad de hacer que ella, a base de golpes, hubiera perdido también la cabeza y la memoria. Y Luis, convencido de que al no sentir remordimiento alguno Dios mantendría ocultos la responsabilidad y la culpa, dejó que ella creyera que era el hombre que le convenía, el que podría ofrecerle calma epidural cuando en sus rostros, la huella de los años, hubiese demacrado lentamente y por escrito la sombra de la vejez.
Y la Sarmiento se vistió de limpio para recorrer aquel domingo de mayo los pasos que la distanciaban de la eucaristía, e hizo su mejor interpretación echando mano de los recuerdos acumulados en la memoria a base de los golpes que recibió de su padre y de la vida. Porque nadie como ella sabía que en el corazón de las personas sólo dura eternamente el recuerdo de las cosas que por suerte acaban mal. Porque nadie como ella era consciente de que si algo une a una pareja por encima del amor es el miedo, que hace metástasis en la piel a medida que avanzan los golpes y disminuyen los sueños.  Como un tumor de madera. Mientras que la sombra de la muerte los una.

domingo, 23 de abril de 2017

Metralla en la mirada.

Lo conocí en uno de esos bares en los que hacen metástasis los esputos del barman sobre la tapicería de madera entre colillas y gente. Uno de esos lugares donde las moscas se calientan en los ceniceros y el sudor se seca en las paredes. Un bar donde acuden borrachos de casa los hombres creyendo que el único camino hacia el olvido se encuentra en el filo de un vaso manchado de carmín o en el escote sudado de una mujer madura en cuyo rostro pudo haber firmado dios su esquela.
Nos miramos. Fue uno de esos segundos eternos donde comprendí que no necesitaba un hombre que me diera seguridad llenando la nevera, sino aquel al que no le importase ocultar mis bragas húmedas en el bolsillo interno de su chaqueta ante cualquier señal de alarma y supiera vaciar mis ovario. Que no me merecía un marido discreto, sino un tipo al que seguir por la noche y desnudar en cualquier esquina antes de que lo hiciera la policía para leerle sus derechos.
Nos miramos durante uno de esos segundos eternos donde alcancé a adivinar metralla en sus mirada, cadáveres en su memoria y tinta en sus manos. Donde, sin tener nada en común, ambos comprendimos rápidamente que formábamos parte de la misma historia, drama y geografía.
Era un tipo tranquilo que se había pasado cultivando literatura los mismos años que yo acumulando antecedentes. Un tipo de esos a los que una mancha de carmín en la camisa sólo le hubiera servido como coartada delante de un cura. Un fulano que añoraba de tal forma el silencio que temí decir su nombre en voz alta por si con ello cometía el error de olvidarlo. 
Bailamos lo que vomitaba aquel altavoz maltrecho al que el humo del tabaco y la humedad del ambiente le habían causado cáncer en las bisagras. Bailamos durante largo rato sin decirnos nada, seguros de que si por un instante dejábamos de abrazarnos desaparecería la imagen que cada uno tenía del otro, desaparecerían el bar y las moscas y sólo quedarían páginas en blanco manchadas de literatura. 
Al terminar la música él se apartó haciendo amago de un gesto inacabado, cogió el libro que había dejado sobre la mesa y colocándolo bajo el brazo encaminó sus pasos hacia la calle sin mirar atrás.
Volví a aquel antro durante mucho tiempo con la esperanza de volverle a ver, aunque las únicas que me recibían una y otra vez eran las moscas que apuraban el calor que conservaban los ceniceros.
Dicen que aquel hombre bajó la calle sonriendo mientras sus huellas se iban desvaneciendo en el aire.  Sólo me queda el recuerdo que la cicatriz de su cuerpo dejó en el mío.
Nunca volví a saber de él. Tampoco volví a saber de mí.

miércoles, 29 de julio de 2015

Diamantes de sangre.

No me extenderé mucho acerca de cómo llegué allí, supongo que mis referencias no eran malas y después de una primera toma de contacto y de superar unos curiosos sistemas de seguridad, campo privado de golf incluido, quedamos a las nueve de la mañana en el salón principal de la casa, donde me esperaba el matrimonio sentado en un opulento sofá.
Ella era una mujer menuda y frágil que caminaba por la casa pasando totalmente desapercibida, como una sombra, como una niña pequeña de sonrisa perfecta y ojos tristes. Tenía 32 años y era de Guatemala, él 64 y jordano.
Era un hombre grande de mirada inteligente y manos hábiles, que utilizaba mucho al expresarse, como queriendo taparte la boca con ellas porque de partida, nada de lo que opinaras le interesaba un carajo. Le habían servido un café acompañado de un plato donde había queso, huevos duros y tortitas. Comía pausadamente a la vez que hablaba, utilizaba las manos para comer y hablar, era complicado seguirle.
De vez en cuando junto a nosotros pasaba otra sombra, mucho más oscura y silenciosa, limpiándolo todo automáticamente, decidida y callada, como un robot filipino.
Cuando comenzó a hablar el patriarca de aquella mansión de telenovela puse todo el interés que la filipina era incapaz de robarme. Él estaba criado en la familia, en el cariño y el amor por la familia. Quería eso para sus hijos; respeto, amor, cariño, independencia, carácter, cultura, mano dura y valores.
La niña de ojos tristes sonreía a su lado cómplice y se tomaba de vez en cuando unos segundos para mirar el reloj impaciente, nerviosa.
El cabeza de familia continuó exponiendo que sus hijos eran príncipes y que él era primo directo de la reina Noor de Jordania. Quería una especie de nurse educadora, alguien que se hiciera cargo de los niños porque él se ponía muy nervioso cuando lloraban y no podía llevarlos, no sabía, no estaba acostumbrado a ejercer de padre pues todo lo había dejado siempre en manos de cuidadoras. 
Quería educación, cultura, mano dura si hacía falta, horarios, costumbres y que alguien se hiciera cargo inmediatamente de ellos, porque su mujer, la niña de ojos tristes, salía ese mismo día para su país por motivos personales.
Daba gracias a Dios elevando las manos al cielo porque yo estuviera allí y fuera árabe, nadie como yo sabía de sus costumbres, y sobre todo y lo mas importante, de una educación y cariño familiar.
No quise reírme por educación, tampoco sabía si el hecho de sonreír siquiera le hubiera supuesto una ofensa a aquel hombre que creía en mi ciegamente sin conocerme todavía. A todo cuanto decía yo intentaba ponerle atención, aunque fue inevitable pensar en mis padres separados, en su mierda de cultura y en aquella frase de libro: "Vete a España con la niña que el varón no se lo voy a quitar yo a mi madre que es muy vieja, cuando mi madre falte será tuyo". Sí, yo era sin duda la especie de persona que aquel hombre necesitaba, porque había tenido una educación familiar exquisita.
Después de volver una y otra vez al tema familiar, su mujer, que no paraba de mirar el reloj, se disculpó diciendo que tenía que arreglar la maleta, que el avión salía a las tres e iba a perderlo.
Cuando nos quedamos solos bajó un poco más el tono de voz y me comentó que su mujer tampoco podía hacerse cargo de los príncipes, que tampoco sabía, que estaba criada en una cultura donde todo lo delegaban en las chicas que se encargaban de aquello, porque en Guatemala se cobraba una miseria, porque no se trataba de dinero, era costumbre, cariño y amor por el trabajo.
Tuve el valor de decirle que eso sería si se tenía dinero para pagarlo y su semblante cambió, se puso tenso y pude ver la imagen de la ofensa en su rostro. Volvió a decir que era costumbre, que no se trataba de dinero, que era la imagen de una familia, que su casa ahora era mi casa y él el proveedor de todas las comodidades, que aquella era mi casa, que podía disponer de ella como me viniera en gana y que no hablase de dinero, que lo ofendía, que ellos no pensaban así...
Dejó caer que me necesitaba las 24 horas del día, porque la filipina era eficiente, pero no daba cariño ni amor y los herederos necesitaban otra cosa, otro trato más íntimo y maternal ahora que su madre se iba de viaje. Le dije que las personas teníamos vidas, casas, familias y volvió a sentirse ofendido concluyendo que aquella era mi vida, su familia, su casa, su ambiente de paz y amor.
Cuando notó que yo no estaba muy convencida se levantó dispuesto a enseñarme la casa y le seguí amablemente. Muchos hombres en la puerta principal estaban arreglando todo aquello: la piscina había que hacerla más grande, el castillo donde jugaban los niños necesitaba más medidas de seguridad, las alarmas no eran suficientes, la puerta principal también era pequeña, etc...
Llegamos a una especie de sótano vestidor donde la niña de ojos tristes sacaba ropa y zapatos para rellenar diez maletas mientras los príncipes, que ya se habían despertado, dejaban sus respectivos biberones al sol y lloraban desconsolados suplicándole a la madre que no se marchase, el robot filipino doblaba y planchaba la ropa.
Durante la visita guiada continuó hablando de la unidad familiar, de su madre, de cómo los había criado a todos en el amor y el respeto, en el cariño. Llegamos a la piscina e insistió en que principalmente me necesitaba de noche, pero que yo podía dormir sin ningún problema porque los príncipes dormían y daban poco trabajo. Me pregunté entonces para qué coño me necesitaría...
No pude evitar pensar mal y verme reflejada en la piscina ejerciendo de consuelo para el sultán o practicando la prostitución. Pude verme regentando algún garito nocturno donde aquel hombre traía mujeres a España con promesas de un futuro maravilloso. No pude evitar imaginarle frecuentando mi habitación en las noches mientras consolaba a ambos príncipes enganchados cada uno en una teta.
Cuando llegó mi turno de palabra le dije que estaba en España y debía practicar nuestras costumbres. Intenté explicarle que aquí cuando alguien trabaja para otro alguien es por necesidad y siempre con la esperanza de llevar un jornal a su casa. Le dije que aquí la gente tenía hipotecas que pagar, hijos que mantener y despensas que llenar. Que no acostumbrábamos a trabajar por el amor a la familia y la devoción a un dueño. Que la única devoción que acostumbrábamos a practicar era la de cumplir con impuestos, bancos, facturas de teléfono, luz, agua, etc...
Él continuó explicando que el sueldo era pequeño, pero que la sonrisa de un niño y su educación eran el mejor pago que se podía obtener en la vida. Me faltó poco para decirle que cuando llegasen los recibos del banco vendría por uno de sus príncipes y lo dejaría en el banco como aval, pero nuevamente lo evité porque a aquellas alturas de la película nadie me quitaba de la cabeza que aquel jordano tenía que ser Yihadista.
Comencé a preguntarme cómo era posible que aquel hombre, que en teoría podía levantar un teléfono y tener cuanto quisiera, insistía tanto en agradarme y dibujarme un mundo maravilloso. Comencé a preguntarme cuántas cuidadoras de niños habían pasado por allí. Comencé a sentir un sudor frío recorrerme la espalda e intenté despedirme con la promesa de que le llamaría y le daría una respuesta.  
Me invitó a quedarme y comer con ellos en un ambiente familiar que yo a esas horas ya detestaba, y me negué disculpándome porque tenía prisa. Volvió a elevar sus manos al cielo dándole gracias a Dios por haberme conocido y fue cuando intente explicarle que yo me había criado en España y no tenía ni puta idea de sus costumbres, pero no me dejó. Y así salí de allí, volviendo a pasar por un complicado sistema de seguridad y a cruzar por el campo privado de golf donde hombres de pelo blanco golpeaban con largos palos diminutas pelotitas.
Al día siguiente Karím me llamó cinco veces. Le dije que lo que él necesitaba no podía ofrecérselo yo porque también tenía una vida aunque la mía fuese una mierda. Le expliqué que podía llamar a agencias y seguir buscando, que por desgracia había gente muy necesitada y a buen seguro encontraría a alguien que pudiera dedicarle las 24 horas que requería por amor a su institución familiar, pero que aquel no era mi caso. Volvió a insistir en que su casa era mi casa y su comida la mía, que incluso podía tener allí mi propia habitación, y no pude evitar sentir un golpe de ternura por aquel hombre que creía que yo dormía debajo de un puente y me alimentaba buscando cada noche algo que llevarme a la boca en los contenedores de basura. Me reprochó que yo había llegado el día antes a su casa dando órdenes y no había entendido su postura. Le dije que me había criado en España y aquí las mujeres también teníamos opinión. Continuó hablando de amor y familia, de unión y respeto, de valores y mil cosas más que dejé de oír poco a poco a medida que exponía su descendencia, origen y títulos.
Cuando terminó de desahogarse me dijo que lo pensara bien y le diera una respuesta al día siguiente. Yo le comuniqué que hiciera lo mismo porque mis condiciones no eran negociables y me colgó el teléfono. Y allí quedaron el robot filipino y la niña de ojos triste preparando las maletas. Allí quedaron los príncipes cuyos biberones se habían preparado pero no había nadie que los obligase a tomar. Allí quedó el primo de la reina Noor de Jordania bajo el retrato de ésta presidiendo la entrada a la casa, y los obreros, y los mercedes en la puerta, y el campo de golf.
Allí quedó el patrimonio de un jordano ganado a golpes de amor hacia la familia.

domingo, 28 de junio de 2015

Sólo era un perro.

Hay ocasiones en las que me sorprendo a mi misma tirada en el sofá ensimismada en el humo de un cigarrillo, perdida la mirada, pensando. Puedo incluso verme como simple espectadora desde otro lugar de la habitación, sumida en pensamientos oscuros, extraños, paradójicos y recurrentes.
Hay ocasiones en las que discurra por mi cabeza lo que discurra acabo pensando siempre lo mismo, el desprecio que siento por la especie humana, la razón del asco social que me invade y arrastra.
Cualquier psiquiatra de esos que se dejan llevar fácilmente por la teoría y los libros opinaría que mi asco es producto de una vida aburrida e insípida, de una carencia de referente en la infancia o incluso de una violación imaginaria. Cualquier psiquiatra miraría dentro de mi cabeza buscando el fallo técnico, la desconexión, la falta de sinapsis adecuada, el desorden físico o el golpe en el lóbulo determinado. Cualquier psiquiatra se perdería en estudios interminables y pruebas...
Yo, cuando el pensamiento se hace tan intenso que me impide respirar, simplemente enciendo el televisor, me meto en una red social o salgo a la calle. Después de una pequeña toma de contacto con el mundo vuelvo a casa mucho mas tranquila y relajada, consolada e incluso sonriente. Y vuelvo a reconciliarme conmigo misma.

Alcala de Guadaira, tres y media de la tarde y cuarenta y cinco grados a la sombra, para irnos situando.
Las pocas personas que a esas horas van de un lado para otro culminando su jornada oyen gritos y lamentos, llantos en algún lugar que no logran ubicar, desesperación, agonía...
De repente algunos caen en la cuenta de que los gritos provienen de arriba, de una azotea, un cuarto piso donde un perro, galgo, se achicharra al sol.
Comienzan a mirar hacia arriba y otros se unen al espectáculo. El animal, asomado al malecón continúa llorando y lamentándose. Se quema, se achicharra vivo y en aquella maldita azotea no hay ni siquiera un rincón de sombra, cuarenta y cinco grados.
Los vecinos llaman al portero automático intentando localizar a los dueños, no están, son una familia de ocupas que en ese momento estarían compartiendo jeringuilla en cualquier esquina, olvidando que tienen un perro o quizás conscientes del desenlace ya planeado.
Los vecinos siguen en su empeño llamando a las policía nacional que como única respuesta alega que no es competencia suya. Pasan los minutos en el reloj y el animal sigue gritando desesperado.
Nueva llamada, esta vez al 112 con el mismo resultado, mas sol, mas minutos pasando en el reloj y cada vez más lamentos del animal que hace amagos de tirarse par salir de aquel infierno.
Otra llamada a al policía local, mismo resultado, de nadie es competencia el sufrimiento de un perro...
Buscan el modo, piensan, idean la manera de entrar en el edificio por algún lugar cuando sucede el desenlace...
Desesperado el animal se lanza al vacío sin que nadie pueda evitarlo. Se tira, es el único remedio que ve posible a su sufrimiento, una medida desesperada que lo lleva a una muerte certera y cruel, la misma que hubiera encontrado allí arriba...
Todos se miran y se hace el silencio, impotentes, angustiados, derrotados finalmente.
Supongo que si el animal hubiera caído encima de alguien y le hubiera abierto la cabeza se habría levantado el pueblo entero e incluso nos habríamos visto en los telediarios, pero sólo era un perro.
Algunas veces pienso que como especie, lo único bueno que podríamos hacer por el medio que nos rodea sería extinguirnos.