Sentada en el borde de la cama te observo recostado sobre el marco de la puerta, a tres metros de mi. Sólo tres metros separan tu necesidad de mis ganas, tres malditos metros distancian nuestros cuerpo unidos irremediablemente por el calor que desprende la habitación a oscuras, y las velas, no dejan de bailar sobre tus pupilas que brillan dándole resplandor a todo, a todo cuanto te ha traído aquí, a instalarte en el marco de la puerta.
Sé lo que buscas y cómo lo necesitas, lo sé, he soñado contigo en ocasiones...
Me gusta jugar con el collar de perlas atado a mi cuello, dejando que cada una de sus cuentas resbale por la piel hasta rozar cruelmente mis piernas, que se abren generosamente para ti, y tu visión, ahora mas selectiva, se centra en un solo lugar, mi sexo.
El calor que desprende tu cuerpo a tres metros de distancia inunda mis ganas de ti y la humedad se hace presente resbalando por la piel, inevitable llevarse las manos al sexo, echar la cabeza hacia atrás, jadear un instante y mirarte.
Tu mirada se torna desafiante, desprendiendo con cada gota de odio más y más humedad sobre mi sexo, y me toco, y me sigues tocando a distancia.
Me gusta verte así, enervar tu masculinidad jugando con la parte más peligrosa de tu anatomía, tu mente. Me gusta ver que comienza a molestarte el nudo de la corbata y pierdes el control.
Y me levanto, y me acerco, y te beso en los labios pasando mis dedos húmedos por tu boca.
Y recojo mi bolso, y me marcho.
Y la humedad permanece en la distancia...
lunes, 21 de enero de 2013
jueves, 17 de enero de 2013
Quimera
En el momento de despojarme de todo envoltorio carnal te pido que seas inmisericorde. Que ahogues mi último soplo de aliento en tu saliva sin temor al dolor físico que nos acompañará en adelante. Déjame odiarse, déjame que el último resquicio de fuerza que me quede sea para soñarte un instante. No tengas piedad, mantén despierto mi celo constante, mantén tus ojos clavados en mi mientras me ahogo en tu humedad asfixiante.
martes, 15 de enero de 2013
Dolor placentero
He deseado que me hicieras el amor con una brutalidad tan absoluta que recordase tus dedos al día siguiente con cada movimiento.
He sentido tus manos alrededor de mi cuello y he jadeado con su sola visión.
He bajado a los infiernos y me he arrastrado a tus pies, cubierta del fango que tú has convertido en mi sustento.
He soñado, he luchado y he perdido las batallas más oscuras junto a tu masculinidad.
He naufragado y sobrevivido sin ti, y en cada uno de los rincones desde los que mi piel reclama tus manos te he buscado.
Te he deseado y odiado al mismo tiempo porque no sé hacer las cosas de otro modo, porque no me importa nada ni nadie, porque quiero sentir la presión de tus caderas en mi contorno.
Porque son tus dedos los que me producen el dolor más placentero jamás imaginable.
Porque quiero llorar y reír mientras la gente se pregunta por qué.
porque no quiero dejar de soñar que puedes existir, y prefiero imaginarte un instante, que vivir toda una eternidad sin haberte sentido...
He sentido tus manos alrededor de mi cuello y he jadeado con su sola visión.
He bajado a los infiernos y me he arrastrado a tus pies, cubierta del fango que tú has convertido en mi sustento.
He soñado, he luchado y he perdido las batallas más oscuras junto a tu masculinidad.
He naufragado y sobrevivido sin ti, y en cada uno de los rincones desde los que mi piel reclama tus manos te he buscado.
Te he deseado y odiado al mismo tiempo porque no sé hacer las cosas de otro modo, porque no me importa nada ni nadie, porque quiero sentir la presión de tus caderas en mi contorno.
Porque son tus dedos los que me producen el dolor más placentero jamás imaginable.
Porque quiero llorar y reír mientras la gente se pregunta por qué.
porque no quiero dejar de soñar que puedes existir, y prefiero imaginarte un instante, que vivir toda una eternidad sin haberte sentido...
sábado, 22 de diciembre de 2012
El hombre
El hombre pasó suavemente el dorso de la mano sobre la cara interna del muslo femenino, separando las piernas en un único gesto, pausado y tranquilo, casi firme.
Sentado al borde de la cama observaba con curiosidad infantil el contraste de la luz sobre el pecho; pezones y areolas comenzaban a erizarse en una mezcla de tumefacción y frío, de placer premonitorio.
Creyó que la mujer dormía, ella le regaló una sonrisa y le invitó a seguir.
La luz tenue difuminaba sombras sobre su ombligo, dibujando una oscuridad perfecta sobre la superficie plana del vientre. Depositó allí sus labios y besó el contorno, sintiendo el temblor que su gesto proporcionaba en la carne, recorriendo de lado a lado con la lengua el surco de sus caderas.
Mordió la carne y ella le agarró del pelo a modo de súplica, siguió lamiendo la piel temblorosa, húmeda, tersa. El temblor de la mujer le invitaba a seguir.
El hombre llegó con sus labios hasta el sexo y se quedó quieto, sereno, expectante. Ella arqueó la espalda e inspiró profundamente, por aquel entonces también su boca temblaba.
Pasó el dorso de la mano suavemente por el sexo femenino, descubriendo complacido la humedad de la que era responsable.
Satisfecho miró a la mujer, mientras ella volvía a arquear la espalda y cerrar los ojos...
Sentado al borde de la cama observaba con curiosidad infantil el contraste de la luz sobre el pecho; pezones y areolas comenzaban a erizarse en una mezcla de tumefacción y frío, de placer premonitorio.
Creyó que la mujer dormía, ella le regaló una sonrisa y le invitó a seguir.
La luz tenue difuminaba sombras sobre su ombligo, dibujando una oscuridad perfecta sobre la superficie plana del vientre. Depositó allí sus labios y besó el contorno, sintiendo el temblor que su gesto proporcionaba en la carne, recorriendo de lado a lado con la lengua el surco de sus caderas.
Mordió la carne y ella le agarró del pelo a modo de súplica, siguió lamiendo la piel temblorosa, húmeda, tersa. El temblor de la mujer le invitaba a seguir.
El hombre llegó con sus labios hasta el sexo y se quedó quieto, sereno, expectante. Ella arqueó la espalda e inspiró profundamente, por aquel entonces también su boca temblaba.
Pasó el dorso de la mano suavemente por el sexo femenino, descubriendo complacido la humedad de la que era responsable.
Satisfecho miró a la mujer, mientras ella volvía a arquear la espalda y cerrar los ojos...
jueves, 29 de noviembre de 2012
África
La caoba
suele manifestar tensiones internas aunque su tallado y curvado son fáciles de
trabajar con las manos.
De grano
generalmente recto y libre de huecos y bolsillos, tiene un color rojizo-marrón
que se oscurece con el tiempo, mostrando un brillo rojizo cuando está pulido.
Siempre me
gustó pasar las yemas de los dedos por ella, dibujar castillos imaginarios
sobre su superficie polvorienta y sufrida en años; juegos infantiles que han
dejado paso a la imaginación actual donde siempre formó parte, como cómplice
mudo, de lamentos y lagrimas, fantasías
y demonios, bajos instintos.
Una mesa
elegante se antoja competa repleta de libros, periódicos y sobres, cuyo orden
de cosas no exige la obsesión extrema, sí la cantidad precisa para poder
tirarlos todos al suelo si la ocasión lo requiere.
Acompaña a
la mesa un confortable sillón que completa la escena, dibujando una panorámica
justa y suficiente para hacer volar los sentidos y que la habitación pierda
sobriedad, ganando en temperatura.
Y es
entonces cuando apareces junto al olor penetrante de libros, humedad y caoba,
como en un ritual africano repleto de tambores y fuego, de danzas zulúes y
noche, de tierra húmeda y madera mojada.
Me gusta
sentir el calor de tu cuerpo a través de la superficie de la madera. Oírte
tragar saliva y arquear mi espalda con cada expiración exponerme para ti, sucia,
serena, repleta de perversiones.
¿Sentirá la
caoba el frio de su superficie contra la piel?
Madera y
tierra, gemidos, sudor, dolor, placeres, necesidad y pecado.
África abre
las puertas de las que salieron sus hijos hace miles de años. Mezcla de sangre
derramada y almizcle se desprenden de los barnices de la caoba, y la danza
comienza, en un juego de posesión infernal que araña el alma por dentro y por
fuera.
Tus dedos se
abren paso a través de un manantial espeso de dolor ajeno, tan propio, tan
tuyo, tan irremediablemente absurdo.
Y me tocas,
y te siento, y con ello suplico que no te apartes de mí. Puedo suplicar y pedir
de rodillas que no dejen de sonar los tambores mientras me torturan tus dedos
tranquilos, serenos, inmisericordes.
Mi cuerpo se
acopla a la superficie de la mesa, el tuyo se acopla en el mio mientras
danzamos, mientras perdemos la razón y se nos va la vida encima de la mesa. Derramando
almizcle y sangre, sudor africano y carne.
¿Oyes los
tambores?
Te suplico
que no dejen de sonar…
lunes, 9 de enero de 2012
Imaginando
Voy a instalar la residencia de mis labios en tu ombligo. Dibujando con la punta de mi lengua su contorno...
Allí, donde se pierden batallas y la vida toma forma de hombre. Donde la piel reacciona lentamente al principio...
Bajaré lentamente hasta el vello púbico. Donde el simple roce de mis labios provoca el temblor...
Me perderé en el susurro de tu respiración agitada. Mordiendo tus caderas sin compasión. Alimentándome de tus gemidos...
Voy a instalar la residencia de mis labios allí. Donde sólo puedo llegar con la imaginación...
Allí, donde se pierden batallas y la vida toma forma de hombre. Donde la piel reacciona lentamente al principio...
Bajaré lentamente hasta el vello púbico. Donde el simple roce de mis labios provoca el temblor...
Me perderé en el susurro de tu respiración agitada. Mordiendo tus caderas sin compasión. Alimentándome de tus gemidos...
Voy a instalar la residencia de mis labios allí. Donde sólo puedo llegar con la imaginación...
lunes, 12 de diciembre de 2011
Dedicatoria en un libro (año 1995)
Gioconda Belli. El Ojo de la Mujer
Para quien acompaña mi soledad.
Estímulo de sentimientos.
Provocadora de sonrisas y agobios.
Derroche de juventud y entusiasta de futuro.
Para... Lo imposible.
Para quien acompaña mi soledad.
Estímulo de sentimientos.
Provocadora de sonrisas y agobios.
Derroche de juventud y entusiasta de futuro.
Para... Lo imposible.
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