sábado, 5 de octubre de 2013

Veinte pasos

Como danza sobre el amplio pasillo de parqué llegaban hasta mi habitación los pasos del sacerdote, provocando el despertar de un nerviosismo incandescente y pueril cuando el reloj marcaba cada día las diez y media de la noche. Aquel concierto, precedido de un aroma a naftalina e iglesia, era lo único que le iluminaba la oscuridad del silencio y contrastaba con el preciso reloj que marchaba al compás de sus pasos. Veinte pasos exactos hasta la habitación de las internas, giro hacia la derecha y otros tantos hacia el largo pasillo que conducía a la suya situada al otro lado del jardín, donde el sonido se apagaba poco a poco a medida que aquel ritual diario se transformaba en el eco de unos pasos cada vez más lejanos.
Podía separarme la distancia del hombre aunque su olor a naftalina permaneciera durante unos minutos concentrado entre mis sabanas, y yo pasaba a formar en ese instante parte del aire, sintiendo al sacerdote respirarme a través de las manos que le despojaban de aquella sotana inmaculadamente negra, tan oscura como la infantil visión de la noche.
Algunas veces el padre Ángel abría la puerta de nuestra habitación con cuidado de no despertarnos y dejaba debajo de la almohada de alguna de nosotras un pequeño detalle en forma de golosina, para que lo encontráramos al despertar. Con aquel gesto del hombre descubrí por primera vez los celos y el odio, a medida que la rabia se iba apoderando de mi niñez como si toda ella no fuese capaz de reconocer cualquier otro sentimiento, más tarde llegó la culpa.
Recuerdo aquella vez que en confesión le dije que le odiaba, él se quedó pensativo y la rabia inundó mis ojos de lágrimas, que me hicieron salir de allí corriendo hacia algún lugar donde no pudiera verme nadie. Luego supe que me buscó durante horas, pero a partir de aquel día encontré serias dificultades para mirarle fijamente a los ojos.
Por las noches y mientras todas dormían yo imaginaba al sacerdote acercándose a mi cama y tumbándose a mi lado, le imaginaba pasando un brazo bajo mi cabeza y apoyándola en su pecho desnudo. Podía verme con una realidad enfermiza reflejada en sus ojos oscuros y sentir su aliento en mi rostro. Sentía el temblor de su mano buscando la humedad del sexo infantil y el rubor de su corazón acelerarse dentro de mi cabeza. Su lengua se perdía entre mis piernas y su barba arañaba dulcemente el contorno de mis muslos, mientras yo agarraba su cabeza enredando mis dedos febriles en su pelo.
Si existía un Dios en aquella cárcel para niñas, seguramente descansaba cada noche a solo veinte pasos de mis sábanas y al amparo de mi imaginación.