lunes, 11 de marzo de 2013

La amante.

Apuraba despacio el cigarrillo a la vez que bebía pequeños sorbos de whisky.
Respiraba tranquilo y en cada inspiración miraba fijamente a la joven sentada sobre la cama con las manos firmes apoyadas en las rodillas.
La última luz del día se colaba por los pequeños orificios de las persianas y tímidamente se posaba sobre la cama deshecha, terminaba por reflejarse en el rostro de ella, que inquieta, se mordía el labio inferior.
Era hermosa y joven, debía tener unos dieciséis años, pensó, y estaba allí, en aquella habitación de hotel a la que la había llevado su curiosidad infantil, su precoz curiosidad.
Fuera, el sonido de la gente que abarrotaba las calles se confundía con el de los coches que pasaban a escasos metros de la habitación. De vez en cuando alguien se paraba cerca de la ventana y gritaba algo, la chica miraba sobresaltada hacia ese lado y luego volvía a fijar la mirada en el suelo sucio y gris.
El hombre disfrutaba el cigarrillo jugueteando con los hielos casi deshechos del whisky.
La miraba sin que ella pudiera ser consciente del deseo que le provocaba hacerlo. La estudiaba de dentro a fuera queriendo descubrir en su interior una razón, un motivo de aquel juego peligroso que los había llevado allí.
Lucía la joven una falda plisada que dejaba sus rodillas desnudas, una camisa colegiala que anunciaba sus pezones en relieve sobre la fina tela, exigiendo la caricia. Él, contemplaba aquel manantial de vida como el que contempla un oasis en el desierto, pensativo, relajado, dulcemente embriagado por la tenue luz de la habitación y la belleza de la niña.
Dejó caer la colilla sobre el suelo y se acercó a ella, tomó su rostro con la mano derecha y lo elevó lo suficiente como para que lo mirase a los ojos, pasó el dedo pulgar pos sus labios cálidos y dulces, como sólo pueden ser los de una niña llena de curiosidad, sin temor a la iniciación.
Le ofreció ella una sonrisa amplia y todo cuanto se movió en su interior le hicieron arrodillare a su lado, agarrarle las manos, besarla.
Hundió la cabeza entre sus piernas, levantando la falda hasta sentir el calor de la carne joven, la tersura de la piel que aún no había despertado a la vida, la cercanía del sexo, el contorno de las formas.
Se quedó parado un instante y volvió a mirarla, seguía sonriendo del mismo modo pueril e inocente, pero en sus ojos oscuros el hombre adivinó la entrega, el juego, la realidad absurda que hacía no poder desafiarla frente a frente durante mucho tiempo, deseo en los ojos de la niña, seguridad.
Tomándola por la cintura la recostó suavemente sobre la cama, acomodándola como si fuese un animal herido y retiró con el mismo tacto su ropa interior. El blanco de la ropa íntima contrastaba con la oscuridad de sus actos, con lo prohibido del sexo desprovisto de abrigo, con la poca luz que por entonces adornaba la habitación.
Sintió el leve roce del vello púbico en sus labios a la vez que acariciaba la carne siendo inevitable hundir la boca en el sexo, seguir el instinto, hacer.
Oyó gemir a la niña y en su afán de proporcionarle placer multiplicó cada contracción de su vientre, delimitó arcos en su espalda, naufragó en manantiales de fluidos nuevos que fueron dando paso a su propio placer.
Se incorporó ella, tomándolo por el rostro le invito a sentarse a su lado, desabrochó uno a uno los botones de la camisa mientras él la miraba fijamente. El vello oscuro cubría casi la totalidad del pecho masculino y pasó suavemente sus dedos por encima. Besó la piel surcando con la lengua los pezones del varón, mordiendo su contorno mientras oía acelerarse su respiración.
El hombre acercó la mano de la joven hasta el sexo y separando los botones del pantalón la colocó encima. Al contacto con el miembro erecto la niña volvió a posar sus ojos en él. Acarició el sexo mientras observaba el efecto en su rostro, la tersura de la piel, la dureza de lo desconocido, la calidez de las formas, el contorno de la vida y la vida misma.
Apenas llegaban sonidos del exterior cuando la joven se sentó sobre el hombre. No quedaba luz en la habitación cuando él rodeó la cintura con sus brazos.
Quizá se mantenía el murmullo en las calles, pero ninguno era consciente de su existencia.

lunes, 21 de enero de 2013

A tres metros.

Sentada en el borde de la cama te observo recostado sobre el marco de la puerta, a tres metros de mi. Sólo tres metros separan tu necesidad de mis ganas, tres malditos metros distancian nuestros cuerpo unidos irremediablemente por el calor que desprende la habitación a oscuras, y las velas, no dejan de bailar sobre tus pupilas que brillan dándole resplandor a todo, a todo cuanto te ha traído aquí, a instalarte en el marco de la puerta.
Sé lo que buscas y cómo lo necesitas, lo sé, he soñado contigo en ocasiones...
Me gusta jugar con el collar de perlas atado a mi cuello, dejando que cada una de sus cuentas resbale por la piel hasta rozar cruelmente mis piernas, que se abren generosamente para ti, y tu visión, ahora mas selectiva, se centra en un solo lugar, mi sexo.
El calor que desprende tu cuerpo a tres metros de distancia inunda mis ganas de ti y la humedad se hace presente resbalando por la piel, inevitable llevarse las manos al sexo, echar la cabeza hacia atrás, jadear un instante y mirarte.
Tu mirada se torna desafiante, desprendiendo con cada gota de odio más y más humedad sobre mi sexo, y me toco, y me sigues tocando a distancia.
Me gusta verte así, enervar tu masculinidad jugando con la parte más peligrosa de tu anatomía, tu mente. Me gusta ver que comienza a molestarte el nudo de la corbata y pierdes el control.
Y me levanto, y me acerco, y te beso en los labios pasando mis dedos húmedos por tu boca.
Y recojo mi bolso, y me marcho.
Y la humedad permanece en la distancia...

jueves, 17 de enero de 2013

Quimera

En el momento de despojarme de todo envoltorio carnal te pido que seas inmisericorde. Que ahogues mi último soplo de aliento en tu saliva sin temor al dolor físico que nos acompañará en adelante. Déjame odiarse, déjame que el último resquicio de fuerza que me quede sea para soñarte un instante. No tengas piedad, mantén despierto mi celo constante, mantén tus ojos clavados en mi mientras me ahogo en tu humedad asfixiante.

martes, 15 de enero de 2013

Dolor placentero

He deseado que me hicieras el amor con una brutalidad tan absoluta que recordase tus dedos al día siguiente con cada movimiento.
He sentido tus manos alrededor de mi cuello y he jadeado con su sola visión.
He bajado a los infiernos y me he arrastrado a tus pies, cubierta del fango que tú has convertido en mi sustento.
He soñado, he luchado y he perdido las batallas más oscuras junto a tu masculinidad.
He naufragado y sobrevivido sin ti, y en cada uno de los rincones desde los que mi piel reclama tus manos te he buscado.
Te he deseado y odiado al mismo tiempo porque no sé hacer las cosas de otro modo, porque no me importa nada ni nadie, porque quiero sentir la presión de tus caderas en mi contorno.
Porque son tus dedos los que me producen el dolor más placentero jamás imaginable.
Porque quiero llorar y reír mientras la gente se pregunta por qué.
porque no quiero dejar de soñar que puedes existir, y prefiero imaginarte un instante, que vivir toda una eternidad sin haberte sentido...

sábado, 22 de diciembre de 2012

El hombre

El hombre pasó suavemente el dorso de la mano sobre la cara interna del muslo femenino, separando las piernas en un único gesto, pausado y tranquilo, casi firme.
Sentado al borde de la cama observaba con curiosidad infantil el contraste de la luz sobre el pecho; pezones y areolas comenzaban a erizarse en una mezcla de tumefacción y frío, de placer premonitorio.
Creyó que la mujer dormía, ella le regaló una sonrisa y le invitó a seguir.
La luz tenue difuminaba sombras sobre su ombligo, dibujando una oscuridad perfecta sobre la superficie plana del vientre. Depositó allí sus labios y besó el contorno, sintiendo el temblor que su gesto proporcionaba en la carne, recorriendo de lado a lado con la lengua el surco de sus caderas.
Mordió la carne y ella le agarró del pelo a modo de súplica, siguió lamiendo la piel temblorosa, húmeda, tersa. El temblor de la mujer le invitaba a seguir.
El hombre llegó con sus labios hasta el sexo y se quedó quieto, sereno, expectante. Ella arqueó la espalda e inspiró profundamente, por aquel entonces también su boca temblaba.
Pasó el dorso de la mano suavemente por el sexo femenino, descubriendo complacido la humedad de la que era responsable.
Satisfecho miró a la mujer, mientras ella volvía a arquear la espalda y cerrar los ojos...

jueves, 29 de noviembre de 2012

África





La caoba suele manifestar tensiones internas aunque su tallado y curvado son fáciles de trabajar con las manos.
De grano generalmente recto y libre de huecos y bolsillos, tiene un color rojizo-marrón que se oscurece con el tiempo, mostrando un brillo rojizo cuando está pulido.
                                                                                     

Siempre me gustó pasar las yemas de los dedos por ella, dibujar castillos imaginarios sobre su superficie polvorienta y sufrida en años; juegos infantiles que han dejado paso a la imaginación actual donde siempre formó parte, como cómplice mudo, de  lamentos y lagrimas, fantasías y demonios, bajos instintos.
Una mesa elegante se antoja competa repleta de libros, periódicos y sobres, cuyo orden de cosas no exige la obsesión extrema, sí la cantidad precisa para poder tirarlos todos al suelo si la ocasión lo requiere.
Acompaña a la mesa un confortable sillón que completa la escena, dibujando una panorámica justa y suficiente para hacer volar los sentidos y que la habitación pierda sobriedad, ganando en temperatura.
Y es entonces cuando apareces junto al olor penetrante de libros, humedad y caoba, como en un ritual africano repleto de tambores y fuego, de danzas zulúes y noche, de tierra húmeda y madera mojada.
Me gusta sentir el calor de tu cuerpo a través de la superficie de la madera. Oírte tragar saliva y arquear mi espalda con cada expiración exponerme para ti, sucia, serena, repleta de perversiones.
¿Sentirá la caoba el frio de su superficie contra la piel?
Madera y tierra, gemidos, sudor, dolor, placeres, necesidad y pecado.
África abre las puertas de las que salieron sus hijos hace miles de años. Mezcla de sangre derramada y almizcle se desprenden de los barnices de la caoba, y la danza comienza, en un juego de posesión infernal que araña el alma por dentro y por fuera.
Tus dedos se abren paso a través de un manantial espeso de dolor ajeno, tan propio, tan tuyo, tan irremediablemente absurdo.
Y me tocas, y te siento, y con ello suplico que no te apartes de mí. Puedo suplicar y pedir de rodillas que no dejen de sonar los tambores mientras me torturan tus dedos tranquilos, serenos, inmisericordes.
Mi cuerpo se acopla a la superficie de la mesa, el tuyo se acopla en el mio mientras danzamos, mientras perdemos la razón y se nos va la vida encima de la mesa. Derramando almizcle y sangre, sudor africano y carne.
¿Oyes los tambores?
Te suplico que no dejen de sonar…

lunes, 9 de enero de 2012

Imaginando

Voy a instalar la residencia de mis labios en tu ombligo. Dibujando con la punta de mi lengua su contorno...

Allí, donde se pierden batallas y la vida toma forma de hombre. Donde la piel reacciona lentamente al principio...

Bajaré lentamente hasta el vello púbico. Donde el simple roce de mis labios provoca el temblor...

Me perderé en el susurro de tu respiración agitada. Mordiendo tus caderas sin compasión. Alimentándome de tus gemidos...

Voy a instalar la residencia de mis labios allí. Donde sólo puedo llegar con la imaginación...