lunes, 16 de septiembre de 2013

Ilusión de realidad

Cuando el hombre apartó despacio el encaje de la braga femenina y colocó la palma de su mano sobre el vello público, la mujer se dobló como un junco bajo la tempestad.
Pasó suavemente su otra mano sobre los labios y retiró el carmín desdibujando la mueca de placer que ella comenzaba a sentir, la tomó del cuello y la obligó a mirase fijamente en el espejo.
Ella observó la mano del hombre y adivinó que el corazón se le paraba en la garganta. Notó la dureza del miembro masculino en su espalda y tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el control.
Volvió a obligarla está vez a inclinarse un poco más, separó con sus rodillas las piernas de la mujer y se agachó, colocándose entre ellas.
Al sentir las manos del hombre sobre sus nalgas se dejó caer agarrándose con fuerza a la mesa, intentando resistirse a unos labios que por aquel entonces se habían perdido entre sus muslos. La lengua caliente pasaba por cada centímetro de piel activando reacciones precisas, concretas. De vez en cuando se paraba y mordía la carne, consiguiendo que ella gimiera con fuerza, desde el dolor.
La imagen que le ofrecía el espejo se le antojaba cada vez menos nítida, más confusa. Hasta que su reflejo desapareció por completo cuando él, separando las nalgas con ambas manos, buscó con su lengua los contornos del sexo...