jueves, 19 de septiembre de 2013

Inocencia interrumpida

La ventana daba a un amplio jardín flanqueado por estatuas de ángeles. Al otro lado se encontraban los dormitorios de las hermanas y un poco más arriba el del hombre, en la parte alta del edificio.
Le gustaba ducharse y oír los gritos de las pequeñas que llegaban desde el jardín, risas inocentes de huérfanas sin padres ajenas a su propia desgracia, gitanas en coros cantando flamenco y alguna que otra campanada perdida anunciando la misa de ocho.
Sabía que el hombre la observaba desde la otra parte del patio, sosteniendo sutilmente el visillo de la ventana entre las manos, dejando un mínimo resquicio por donde atrapar la carne joven, el anhelo prohibido a su fe, la mirada tímida al amparo de la oscuridad que favorece el anonimato.
Y como en un juego prohibido a la vista de nadie, ella se desnudaba cada día sabiendo que el hombre estaba allí, quieto y expectante.
Conoció el sexo a través del deseo del Padre. Se despojaba del uniforme escolar cada tarde como en un ritual perverso e inocente, conocedora de que cada prenda al caer se llevaba un suspiro de aquel guardián silencioso y atrevido, del hombre al otro lado de la ventana. Luego, a modo de juego, abría la llave de la ducha y dejaba que el agua recorriera su piel pensando que en cada gota que resbalaba por su cuerpo los ojos del padre Ángel depositaban una pizca de consuelo.
Al pasar despacio ambas manos por el pecho podía notar el temblor del cura en su carne, imaginar con una precisión casi exacta la garganta del hombre secarse bajo aquella acción. El ombligo, tembloroso bajo la mirada indiscreta, se agitaba ante el tacto de la espuma, y en el sexo pueril, cubierto ya en su totalidad, se instalaba una especie de contracción constante en forma de deseo inocente.
Los contornos del cuerpo adaptándose a la espuma despertaban el brillo en los ojos del hombre. La incomodidad que la sotana comenzaba a proporcionarle se le antojaba excitante, y el calor de la cruz en el cuello una continuación de su propio calor.
Todo era divertido para ella porque había dejado de encontrarle placer a los juegos infantiles de patio. Lo divertido ahora estaba en imaginar al cura luchar desde la oscuridad por mantener las manos encima de la Biblia y dirigirse a misa de ocho un tanto perturbado.
Luego, en el silencio de la noche, imaginaba al hombre masturbándose para ella, como en una imagen mnémica proyectada en la superficie de una mesa y de una definición casi enfermiza.