sábado, 12 de agosto de 2017

A caballo.

Pasó la mayor parte de su vida cabalgando entre el pico de una aguja y el borde de una botella, en cuyo fondo, podía adivinarse la fecha de su muerte en el mismo momento en que su padre la descorchó para celebrar su nacimiento. Hizo méritos para que nadie quitase de su biografía los cien años que supo añadirle a su físico cumplidos los cuarenta. Llegó tan alto cuesta abajo que naufragó de cabeza, como un río de ácido donde se descompone en cursiva la caligrafía inclinada de una esquela. Y fue ahí, al borde de la autodestrucción, cuando su cerebro estuvo en condiciones de producir los pensamientos más sublimes, dando los resultados más sorprendentes.
Un día se miró al espejo y fue incapaz de reconocer su propio cadaver. Fue entonces cuando tomó la decisión de apearse de aquel caballo por el que nadie hubiera apostado sin tener con anterioridad la certeza de que ganaría el que menos tiempo tardase en caer o más en levantarse.
Sí, Julián decidió salir de la montaña rusa que lo había mantenido durante veinte años sujeto a la implacable geometría de la rutina. Una rutina tan colocada que sólo se ponía de pie para asegurarse el placer que conlleva caer en otra postura. Tan vacía que hasta el sol hubiera agonizado como cera necrológica en el certero y desordenado camino hacia su propio funeral, dejando a su paso desprovistas de ángeles las columnas que sostenían el sudario con el que nació.
Después de casi dos años limpio Julián terminó un buen día en la planta de medicina interna de un hospital cualquiera, aquejado de un color amarillento que insinuaba que aquel hígado no estaba funcionando como debería. 
Comenzaron las pruebas que soportó estoicamente siempre con una sonrisa, comenzaron los quebraderos de cabeza por parte de los médicos intentando averiguar qué ocurría y comenzó el peregrinar de los familiares...
Una noche, cuando todavía no se había cumplido una semana de su ingreso, Julián se sintió mal. Un fuerte dolor en el pecho llevó al médico de guardia a hacer una analítica de urgencia, donde el bajo nivel de hemoglobina dictaminó que Julián debía de ser transfundido de inmediato.
Se pidió sangre a laboratorio a las cuatro de la mañana y se preparó en el momento, pero quedó sobre una de las mesas sin que el celador, que a esa hora estaba atendiendo otra petición, recordase que debía de subirla al volver. A las seis de la madrugada Julián había empeorado y la sangre fue requerida nuevamente, sin que alguno de los celadores tuvieran tiempo de subirla o se mandase a alguna auxiliar de enfermería a por ella. Algo después, el internista de guardia llamó por teléfono a la jefa de UCI para que subiera a ver a Julián, argumentando que, según su criterio, necesitaba ser bajado a UCI porque su situación era crítica y estaba empeorando muy rápido. Ella que en ese momento tenía otro ingreso, se excusó dictaminando que en primer lugar no veía al paciente para la UCI y, en segundo, que aunque lo bajase, no podría estar pendiente de él porque estaba controlando otra urgencia y dos cosas a la vez no era capaz de hacer. 
A las ocho menos cuarto se volvió a llamar a laboratorio. La respuesta del celador que atendió el teléfono fue que estaba en el cambio de turno y que él no iba a llevar la sangre, que la subiera el que tenía que entrar en su lugar....
Cuando al fin llegó la sangre a medicina interna y se dispuso a preparar al paciente para ser transfundido éste se había levantado de la cama sintiéndose mal, cayendo al suelo en el intento con una parada cardiorespiratoria.
Todo se aceleró de inmediato y, siete médicos, incluida la internista de UCI, comenzaron una lucha a muerte por devolver a Julián a la vida. Casi una hora de reanimación cardiaca, donde tres médicos se turnaban para darlo todo, una vía femoral por donde la sangre comenzó a entrar a chorros en un cuerpo que ya no la necesitaba y un corazon parado fue todo cuanto quedó de aquel presagio...
Sí, así fue cómo Julián cabalgó por última vez a lomos de otro error de tantos que habían configurado su vida. Fue así como se marchó mirando al techo mientras aquellos ojos azules deslizaban sus pasos sobre las pisadas de un cadáver y los restos de la batalla quedaban esparcidos por la habitación, incluidos los médicos. Como si el hospital que pudo salvarlo hubiera abierto sus puertas cuatro horas más tarde a kilómetros de allí. Como si al nacer, hubieran tenido que bautizado con los óleos de la extremaunción.

lunes, 31 de julio de 2017

Carta póstuma.

Querido Andrés...
He vuelto a la casa grande y, como anticipo, te diré que aquí el tiempo transcurre con la rutina y el sopor resultantes de asistir a una autopsia desde la butaca de un palco. Es, como si el viejo reloj de madera se hubiera quedado parado en otra época, y ahora, diese la hora en un idioma que únicamente entienden los muebles que se pudren alrededor, cargados de termitas.
Los platos de la cocina de María siguen esparcidos por el suelo, como si en el fervor de aquella huida, el sudor de la mujer se hubiera transformado en mármol menstrual, en cuya superficie, el ovárico recuerdo de una descamación tardía hubiera vuelto fértiles las plantas del jardín, las gallinas del corral y la imagen de nuestra señora.
Nada tiene que ver la vieja casa, querido Andrés, con la que doña Esperanza se afanó en transformar durante años en un hogar confortable, consiguiendo únicamente que cada uno de sus sobrinos la odiase con la misma intensidad y sutileza con la que ella solía guardar las apariencias en público.
Las ventanas, que han cedido a los años y al viento, dejaron correr la maleza que ahora se extiende por todo el zaguán haciendo bastante dificultoso el paso, y, los árboles del jardín, aprovecharon pequeñas grietas en las paredes para atravesar los muros, dándole a toda la estancia el triste y vomitivo sentido de aquello que ya sólo tiene valor como terreno baldío, donde, más que hogar, pareciese que se hubiera extinguido aquí la vida, el ruido y la especie.
¿Recuerdas cuando el doctor Romero concluyó que mis recuerdos infantiles eran provocados por "errores de falsa memoria"? Entonces, querido Andrés, no me hubiera importado perder mi reputación desafiando aquella estúpida teoría, porque ¿Cómo va a considerarse una broma del subconsciente deslizar yema de los dedos por la madera y volver a sentir a través de ella lo ocurrido en aquellos años? ¿Es acaso el recuerdo un error que rellena espacios en blanco si éstos no se verbalizan a los pies de un diván? Siempre fuí de la opinión de que el doctor apoyaba sus teorías en observaciones poco prácticas, donde su mano, tampoco se solía sustentar en lugares muy éticos, que le permitiesen ampliar sus conocimientos de un modo más objetivo y menos carnal...
Aún conserva la casa ese olor a madera y barniz que durante tanto tiempo he llevado en la maleta junto a una fotografía de tu infancia. Sí, aún mantiene esta maldita estancia el macabro olor a caoba de cuyo árbol debieron de colgar nuestros cadaveres, si alguno de nosotros hubiera tenido al menos el valor suficiente como para empuñar una cuerda en lugar de una aguja de punto de cruz.
Aún cierro los ojos y puedo rememorar nuestras risas infantiles desprovistas de toda maldad y obligación, de tristeza, dolor o recuerdos...
¿Has tenido alguna vez la sensación de llevar en la cabeza los recuerdos de otra cabeza? Pronto volveré a escribirte, Andrés. Prometo hacerlo cuando logre sacar de mi cabeza y de mi maleta aquella foto de tu infancia, el rosario con el que crecí, y, como buena creyente, una muda de ropa limpia y una biblia, donde lo único que no se transforme en tristeza sea la letra ilegible de mi ortografía inclinada.

jueves, 11 de mayo de 2017

La herida.

Llueve con intensidad. Un continuo goteo sobre los cristales de las ventanas la llenan de recuerdos. El viento impide que el agua, como el esqueleto de un velo, termine posándose en los restos que quedan de las cortinas. Los cristales de la galería, sucios de abandono, reflejan la imagen real y nítida de lo que años atrás fue un hermoso jardín. Nada como mirar a través de un cristal sucio para apreciar con claridad la belleza de las cosas.
Recuerda Dolores su infancia, mientras el reflejo de aquel espejo roto le devuelve la anatomía de una mujer mayor que ella, como si hubiera alcanzado la cima cuesta abajo, a ras del suelo y sobre sus propias heces, perdiendo la dignidad y el vértigo.
Recuerda a su madre que murió con veinte años más de los que tenía. La recuerda molida a golpes mientras en su cuerpo, las marcas de cada uno de ellos alcanzaban la consistencia palpitante de un fibroma en cuya naturaleza, hubiera conseguido hacer metástasis el paso del tiempo. Y aquel padre, un creyente aferrado a la Biblia. Rezando en la oscuridad de la noche a la vez que visitaba a tientas el dormitorio de su hija para comprobar qué pesaba más sobre su conciencia: la palabra de Dios o aquella pubertad imparable. Un hombre que sólo dejó huella en ella el día de su muerte...
No cesa la lluvia, ni siquiera el fuerte viento logra disipar de la cabeza de Dolores la idea que últimamente le domina el pensamiento. Entre tinieblas acaricia la mujer el vientre buscando la esferilodad de lo maternal, la obstetricia del recuerdo, el latido ahogado a golpes en el llanto de aquel hijo muerto. Encuentra valor en la semilla del hambre y los malos tratos para culminar su obra inacabada, a consecuencia del miedo, ese miedo acusador como el taladro de un vómito, como la dentellada del hambre y la miseria, que oscurecen las encías pudriendo la carne y la memoria.
Lo oye respirar tranquilo a su lado, relajado el hombre descansa sin ningún temor mientras el peligro de la herida lo acecha, tirado junto a ella como una medusa de trapo. 
Dolores lo observa muy de cerca buscando cualquier gesto que identifique el comienzo de la tragedia. Esperando, con la paciencia de un pecador y la certeza de un creyente, algún cambio en el rostro del hombre, que comienza a temblar levemente mientras su respiración se hace más distante y profunda, más agónica y liberadora. Abre él los ojos, la busca, ahogado en su propio miedo y sin merecer siquiera la extrema fotogenia del pánico, la misericordia del último instante. Extiende una mano implorando la ayuda que ella ya no puede ofrecerle, porque ha llegado a la conclusión de que una mujer puede vivir con la conciencia sucia, pero por lo general, sucumbe al cansancio.
Sale de aquella habitación cerrando la puerta tras de sí, enciende un cigarrillo y se sienta sobre uno de los escalones de la galería desde donde los cristales sucios le ofrecen la belleza del jardín. Todavía espera unos minutos antes de coger el móvil y marcar el 112.



viernes, 28 de abril de 2017

Mientras que la sombra de la muerte los una.

Cuando Dolores Sarmiento conoció a Luis imaginó que éste terminaría por deformar sus labios a base de besos, sin pararse a sospechar siquiera que sería con los puños, y no con la boca, con los que el fulano la mandaría a cuidados intensivos embarazada de ocho meses tres años más tarde.
Sí, Luis se parecía mucho al tipo que todos decían que no le convenía. Esa clase de hombre capaz de rezar con un cigarro entre los labios o cargar un arma con las cuentas de madera de un rosario. Luis era de esa clase de fulanos que a las mujeres les resulta atractivo por tener sangre en las manos, cicatrices en la recámara y sudor en la mirada. Hombres rudos que al abofetear hacen temblar las piernas y la cama, la razón y el remordimiento. Tipos que escupen en el suelo y salen de tu vida sin dejar una mancha en la cama que no hayan dejado antes en el corazón.
Y la Sarmiento se enamoró de aquel tipo que cacheaba su cuerpo con solo rozarla al pasar y hacía sangrar sus labios al besarla, como si además de veneno, llevase también en la sangre esa facilidad que tienen los de su clase para ayudar a una mujer haciéndole daño, cada vez que salía de la casa y de su vida, haciéndola creer que lo perdía para siempre.
Cuando Dolores Sarmiento conoció a Luis pensó que si algún día les fallaba el amor, él se habría encargado con anterioridad de hacer que ella, a base de golpes, hubiera perdido también la cabeza y la memoria. Y Luis, convencido de que al no sentir remordimiento alguno Dios mantendría ocultos la responsabilidad y la culpa, dejó que ella creyera que era el hombre que le convenía, el que podría ofrecerle calma epidural cuando en sus rostros, la huella de los años, hubiese demacrado lentamente y por escrito la sombra de la vejez.
Y la Sarmiento se vistió de limpio para recorrer aquel domingo de mayo los pasos que la distanciaban de la eucaristía, e hizo su mejor interpretación echando mano de los recuerdos acumulados en la memoria a base de los golpes que recibió de su padre y de la vida. Porque nadie como ella sabía que en el corazón de las personas sólo dura eternamente el recuerdo de las cosas que por suerte acaban mal. Porque nadie como ella era consciente de que si algo une a una pareja por encima del amor es el miedo, que hace metástasis en la piel a medida que avanzan los golpes y disminuyen los sueños.  Como un tumor de madera. Mientras que la sombra de la muerte los una.

domingo, 23 de abril de 2017

Metralla en la mirada.

Lo conocí en uno de esos bares en los que hacen metástasis los esputos del barman sobre la tapicería de madera entre colillas y gente. Uno de esos lugares donde las moscas se calientan en los ceniceros y el sudor se seca en las paredes. Un bar donde acuden borrachos de casa los hombres creyendo que el único camino hacia el olvido se encuentra en el filo de un vaso manchado de carmín o en el escote sudado de una mujer madura en cuyo rostro pudo haber firmado dios su esquela.
Nos miramos. Fue uno de esos segundos eternos donde comprendí que no necesitaba un hombre que me diera seguridad llenando la nevera, sino aquel al que no le importase ocultar mis bragas húmedas en el bolsillo interno de su chaqueta ante cualquier señal de alarma y supiera vaciar mis ovarios. Que no me merecía un marido discreto, sino un tipo al que seguir por la noche y desnudar en cualquier esquina antes de que lo hiciera la policía para leerle sus derechos.
Nos miramos durante uno de esos segundos eternos donde alcancé a adivinar metralla en sus mirada, cadáveres en su memoria y tinta en sus manos.Donde, sin tener nada en común, ambos comprendimos rápidamente que formábamos parte de la misma historia, drama y geografía.
Era un tipo tranquilo que se había pasado cultivando literatura los mismos años que yo acumulando antecedentes. Un tipo de esos a los que una mancha de carmín en la camisa sólo le hubiera servido como coartada delante de un cura. Un fulano que añoraba de tal forma el silencio que temí decir su nombre en voz alta por si con ello cometía el error de olvidarlo. 
Bailamos lo que vomitaba aquel altavoz maltrecho al que el humo del tabaco y la humedad del ambiente le habían causado cáncer en las bisagras. Bailamos durante largo rato sin decirnos nada, seguros de que si por un instante dejábamos de abrazarnos desaparecería la imagen que cada uno tenía del otro, desaparecerían el bar y las moscas y sólo quedarían páginas en blanco manchadas de literatura. 
Al terminar la música él se apartó haciendo amago de un gesto inacabado, cogió el libro que había dejado sobre la mesa y colocándolo bajo el brazo encaminó sus pasos hacia la calle sin mirar atrás.
Volví a aquel antro durante mucho tiempo con la esperanza de volverle a ver, aunque las únicas que me recibían una y otra vez eran las moscas que apuraban el calor que conservaban los ceniceros.
Dicen que aquel hombre bajó la calle sonriendo mientras sus huellas se iban desvaneciendo en el aire.  Sólo me queda el recuerdo que la cicatriz de su cuerpo dejó en el mío.
Nunca volví a saber de él. Tampoco volví a saber de mí.

miércoles, 29 de julio de 2015

Diamantes de sangre.

No me extenderé mucho acerca de cómo llegué allí, supongo que mis referencias no eran malas y después de una primera toma de contacto y de superar unos curiosos sistemas de seguridad, campo privado de golf incluido, quedamos a las nueve de la mañana en el salón principal de la casa, donde me esperaba el matrimonio sentado en un opulento sofá.
Ella era una mujer menuda y frágil que caminaba por la casa pasando totalmente desapercibida, como una sombra, como una niña pequeña de sonrisa perfecta y ojos tristes. Tenía 32 años y era de Guatemala, él 64 y jordano.
Era un hombre grande de mirada inteligente y manos hábiles, que utilizaba mucho al expresarse, como queriendo taparte la boca con ellas porque de partida, nada de lo que opinaras le interesaba un carajo. Le habían servido un café acompañado de un plato donde había queso, huevos duros y tortitas. Comía pausadamente a la vez que hablaba, utilizaba las manos para comer y hablar, era complicado seguirle.
De vez en cuando junto a nosotros pasaba otra sombra, mucho más oscura y silenciosa, limpiándolo todo automáticamente, decidida y callada, como un robot filipino.
Cuando comenzó a hablar el patriarca de aquella mansión de telenovela puse todo el interés que la filipina era incapaz de robarme. Él estaba criado en la familia, en el cariño y el amor por la familia. Quería eso para sus hijos; respeto, amor, cariño, independencia, carácter, cultura, mano dura y valores.
La niña de ojos tristes sonreía a su lado cómplice y se tomaba de vez en cuando unos segundos para mirar el reloj impaciente, nerviosa.
El cabeza de familia continuó exponiendo que sus hijos eran príncipes y que él era primo directo de la reina Noor de Jordania. Quería una especie de nurse educadora, alguien que se hiciera cargo de los niños porque él se ponía muy nervioso cuando lloraban y no podía llevarlos, no sabía, no estaba acostumbrado a ejercer de padre pues todo lo había dejado siempre en manos de cuidadoras. 
Quería educación, cultura, mano dura si hacía falta, horarios, costumbres y que alguien se hiciera cargo inmediatamente de ellos, porque su mujer, la niña de ojos tristes, salía ese mismo día para su país por motivos personales.
Daba gracias a Dios elevando las manos al cielo porque yo estuviera allí y fuera árabe, nadie como yo sabía de sus costumbres, y sobre todo y lo mas importante, de una educación y cariño familiar.
No quise reírme por educación, tampoco sabía si el hecho de sonreír siquiera le hubiera supuesto una ofensa a aquel hombre que creía en mi ciegamente sin conocerme todavía. A todo cuanto decía yo intentaba ponerle atención, aunque fue inevitable pensar en mis padres separados, en su mierda de cultura y en aquella frase de libro: "Vete a España con la niña que el varón no se lo voy a quitar yo a mi madre que es muy vieja, cuando mi madre falte será tuyo". Sí, yo era sin duda la especie de persona que aquel hombre necesitaba, porque había tenido una educación familiar exquisita.
Después de volver una y otra vez al tema familiar, su mujer, que no paraba de mirar el reloj, se disculpó diciendo que tenía que arreglar la maleta, que el avión salía a las tres e iba a perderlo.
Cuando nos quedamos solos bajó un poco más el tono de voz y me comentó que su mujer tampoco podía hacerse cargo de los príncipes, que tampoco sabía, que estaba criada en una cultura donde todo lo delegaban en las chicas que se encargaban de aquello, porque en Guatemala se cobraba una miseria, porque no se trataba de dinero, era costumbre, cariño y amor por el trabajo.
Tuve el valor de decirle que eso sería si se tenía dinero para pagarlo y su semblante cambió, se puso tenso y pude ver la imagen de la ofensa en su rostro. Volvió a decir que era costumbre, que no se trataba de dinero, que era la imagen de una familia, que su casa ahora era mi casa y él el proveedor de todas las comodidades, que aquella era mi casa, que podía disponer de ella como me viniera en gana y que no hablase de dinero, que lo ofendía, que ellos no pensaban así...
Dejó caer que me necesitaba las 24 horas del día, porque la filipina era eficiente, pero no daba cariño ni amor y los herederos necesitaban otra cosa, otro trato más íntimo y maternal ahora que su madre se iba de viaje. Le dije que las personas teníamos vidas, casas, familias y volvió a sentirse ofendido concluyendo que aquella era mi vida, su familia, su casa, su ambiente de paz y amor.
Cuando notó que yo no estaba muy convencida se levantó dispuesto a enseñarme la casa y le seguí amablemente. Muchos hombres en la puerta principal estaban arreglando todo aquello: la piscina había que hacerla más grande, el castillo donde jugaban los niños necesitaba más medidas de seguridad, las alarmas no eran suficientes, la puerta principal también era pequeña, etc...
Llegamos a una especie de sótano vestidor donde la niña de ojos tristes sacaba ropa y zapatos para rellenar diez maletas mientras los príncipes, que ya se habían despertado, dejaban sus respectivos biberones al sol y lloraban desconsolados suplicándole a la madre que no se marchase, el robot filipino doblaba y planchaba la ropa.
Durante la visita guiada continuó hablando de la unidad familiar, de su madre, de cómo los había criado a todos en el amor y el respeto, en el cariño. Llegamos a la piscina e insistió en que principalmente me necesitaba de noche, pero que yo podía dormir sin ningún problema porque los príncipes dormían y daban poco trabajo. Me pregunté entonces para qué coño me necesitaría...
No pude evitar pensar mal y verme reflejada en la piscina ejerciendo de consuelo para el sultán o practicando la prostitución. Pude verme regentando algún garito nocturno donde aquel hombre traía mujeres a España con promesas de un futuro maravilloso. No pude evitar imaginarle frecuentando mi habitación en las noches mientras consolaba a ambos príncipes enganchados cada uno en una teta.
Cuando llegó mi turno de palabra le dije que estaba en España y debía practicar nuestras costumbres. Intenté explicarle que aquí cuando alguien trabaja para otro alguien es por necesidad y siempre con la esperanza de llevar un jornal a su casa. Le dije que aquí la gente tenía hipotecas que pagar, hijos que mantener y despensas que llenar. Que no acostumbrábamos a trabajar por el amor a la familia y la devoción a un dueño. Que la única devoción que acostumbrábamos a practicar era la de cumplir con impuestos, bancos, facturas de teléfono, luz, agua, etc...
Él continuó explicando que el sueldo era pequeño, pero que la sonrisa de un niño y su educación eran el mejor pago que se podía obtener en la vida. Me faltó poco para decirle que cuando llegasen los recibos del banco vendría por uno de sus príncipes y lo dejaría en el banco como aval, pero nuevamente lo evité porque a aquellas alturas de la película nadie me quitaba de la cabeza que aquel jordano tenía que ser Yihadista.
Comencé a preguntarme cómo era posible que aquel hombre, que en teoría podía levantar un teléfono y tener cuanto quisiera, insistía tanto en agradarme y dibujarme un mundo maravilloso. Comencé a preguntarme cuántas cuidadoras de niños habían pasado por allí. Comencé a sentir un sudor frío recorrerme la espalda e intenté despedirme con la promesa de que le llamaría y le daría una respuesta.  
Me invitó a quedarme y comer con ellos en un ambiente familiar que yo a esas horas ya detestaba, y me negué disculpándome porque tenía prisa. Volvió a elevar sus manos al cielo dándole gracias a Dios por haberme conocido y fue cuando intente explicarle que yo me había criado en España y no tenía ni puta idea de sus costumbres, pero no me dejó. Y así salí de allí, volviendo a pasar por un complicado sistema de seguridad y a cruzar por el campo privado de golf donde hombres de pelo blanco golpeaban con largos palos diminutas pelotitas.
Al día siguiente Karím me llamó cinco veces. Le dije que lo que él necesitaba no podía ofrecérselo yo porque también tenía una vida aunque la mía fuese una mierda. Le expliqué que podía llamar a agencias y seguir buscando, que por desgracia había gente muy necesitada y a buen seguro encontraría a alguien que pudiera dedicarle las 24 horas que requería por amor a su institución familiar, pero que aquel no era mi caso. Volvió a insistir en que su casa era mi casa y su comida la mía, que incluso podía tener allí mi propia habitación, y no pude evitar sentir un golpe de ternura por aquel hombre que creía que yo dormía debajo de un puente y me alimentaba buscando cada noche algo que llevarme a la boca en los contenedores de basura. Me reprochó que yo había llegado el día antes a su casa dando órdenes y no había entendido su postura. Le dije que me había criado en España y aquí las mujeres también teníamos opinión. Continuó hablando de amor y familia, de unión y respeto, de valores y mil cosas más que dejé de oír poco a poco a medida que exponía su descendencia, origen y títulos.
Cuando terminó de desahogarse me dijo que lo pensara bien y le diera una respuesta al día siguiente. Yo le comuniqué que hiciera lo mismo porque mis condiciones no eran negociables y me colgó el teléfono. Y allí quedaron el robot filipino y la niña de ojos triste preparando las maletas. Allí quedaron los príncipes cuyos biberones se habían preparado pero no había nadie que los obligase a tomar. Allí quedó el primo de la reina Noor de Jordania bajo el retrato de ésta presidiendo la entrada a la casa, y los obreros, y los mercedes en la puerta, y el campo de golf.
Allí quedó el patrimonio de un jordano ganado a golpes de amor hacia la familia.

domingo, 28 de junio de 2015

Sólo era un perro.

Hay ocasiones en las que me sorprendo a mi misma tirada en el sofá ensimismada en el humo de un cigarrillo, perdida la mirada, pensando. Puedo incluso verme como simple espectadora desde otro lugar de la habitación, sumida en pensamientos oscuros, extraños, paradójicos y recurrentes.
Hay ocasiones en las que discurra por mi cabeza lo que discurra acabo pensando siempre lo mismo, el desprecio que siento por la especie humana, la razón del asco social que me invade y arrastra.
Cualquier psiquiatra de esos que se dejan llevar fácilmente por la teoría y los libros opinaría que mi asco es producto de una vida aburrida e insípida, de una carencia de referente en la infancia o incluso de una violación imaginaria. Cualquier psiquiatra miraría dentro de mi cabeza buscando el fallo técnico, la desconexión, la falta de sinapsis adecuada, el desorden físico o el golpe en el lóbulo determinado. Cualquier psiquiatra se perdería en estudios interminables y pruebas...
Yo, cuando el pensamiento se hace tan intenso que me impide respirar, simplemente enciendo el televisor, me meto en una red social o salgo a la calle. Después de una pequeña toma de contacto con el mundo vuelvo a casa mucho mas tranquila y relajada, consolada e incluso sonriente. Y vuelvo a reconciliarme conmigo misma.

Alcala de Guadaira, tres y media de la tarde y cuarenta y cinco grados a la sombra, para irnos situando.
Las pocas personas que a esas horas van de un lado para otro culminando su jornada oyen gritos y lamentos, llantos en algún lugar que no logran ubicar, desesperación, agonía...
De repente algunos caen en la cuenta de que los gritos provienen de arriba, de una azotea, un cuarto piso donde un perro, galgo, se achicharra al sol.
Comienzan a mirar hacia arriba y otros se unen al espectáculo. El animal, asomado al malecón continúa llorando y lamentándose. Se quema, se achicharra vivo y en aquella maldita azotea no hay ni siquiera un rincón de sombra, cuarenta y cinco grados.
Los vecinos llaman al portero automático intentando localizar a los dueños, no están, son una familia de ocupas que en ese momento estarían compartiendo jeringuilla en cualquier esquina, olvidando que tienen un perro o quizás conscientes del desenlace ya planeado.
Los vecinos siguen en su empeño llamando a las policía nacional que como única respuesta alega que no es competencia suya. Pasan los minutos en el reloj y el animal sigue gritando desesperado.
Nueva llamada, esta vez al 112 con el mismo resultado, mas sol, mas minutos pasando en el reloj y cada vez más lamentos del animal que hace amagos de tirarse par salir de aquel infierno.
Otra llamada a al policía local, mismo resultado, de nadie es competencia el sufrimiento de un perro...
Buscan el modo, piensan, idean la manera de entrar en el edificio por algún lugar cuando sucede el desenlace...
Desesperado el animal se lanza al vacío sin que nadie pueda evitarlo. Se tira, es el único remedio que ve posible a su sufrimiento, una medida desesperada que lo lleva a una muerte certera y cruel, la misma que hubiera encontrado allí arriba...
Todos se miran y se hace el silencio, impotentes, angustiados, derrotados finalmente.
Supongo que si el animal hubiera caído encima de alguien y le hubiera abierto la cabeza se habría levantado el pueblo entero e incluso nos habríamos visto en los telediarios, pero sólo era un perro.
Algunas veces pienso que como especie, lo único bueno que podríamos hacer por el medio que nos rodea sería extinguirnos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Un perro para un cabrón.

Tengo un vecino al que ha dejado su mujer y para compensar la pérdida se ha comprado un perro.
La idea no me parece mala, todos conocemos lo leales y buenos compañeros que son estos animales, el problema radica en que a mi vecino le faltan todas las neuronas que un día decidió dejar en el gimnasio cultivando su cuerpo para compensar alguna que otra pérdida más anatómica.
Él, que un día al volver del entrenamiento se encontró a su mujer dándole picadero en la cama a un potro mucho menos musculado, quiere ahora imponer disciplina militar a un animal cuyo único error ha sido cruzarse en su camino, sin voluntad propia, sin alternativa, como tantos otros.
Se levanta muy temprano para pasear la Laica, que así se llama la bóxer que ha decidido acoger como compañera presuponiendo que ésta le será más fiel, se calza toda su equipo deportivo y sale a la calle, cornamenta incluida.
Hasta aquí la historia no tiene nada de sorprendente, un tonto más que a falta de dinero para sustituir lo que los anabolizantes le han dejado de polla por un buen coche, ha optado por algo más económico que a su vez también pueda someter y lucir en público.
Lo curioso de la historia es que el tipo da diez pasos y le ordena al animal que se siente, si ésta no lo hace tira del collar de castigo que lleva puesto y la deja inutilizada para poder dar otros diez.
Así comienza su jornada matutina, con serias dificultades para atravesar los marcos de las puertas y dando tirones del collar del animal a la vez que mantiene la cabeza bien alta para disimular unos cuernos que le impiden razonar con normalidad.
A la hora de la comida la cosa se pone aún más interesante, llena el cacharro del Laica y cuando ésta se lanza a degustar lo que le pertenece vuelve a pegarle gritos diciéndole que comerá  solo y exclusivamente cuando él se lo ordene, y el animal le mira fijamente con las orejas agachadas no sé si de pena o vergüenza al intentar comprender al castrado mental que le ha tocado por dueño.
De repente grita; ¡come! Y el pobre animal se queda paralizado. Cuando el animal comienza a comer el grita; ¡ahora no! Y ella se tumba en el suelo sin saber qué hacer. Entonces él vuelve a gritar; ¡estúpida! Y así, supongo que suple en cierto modo las carencias que como macho en la cama y fuera de ella no ha sabido satisfacer.
De momento Laica es pequeña y su única ambición es morder zapatillas y olisquear rincones donde marcar un territorio. De momento entiende pocas órdenes e incluso mueve la cola al verle llegar. De momento Laica lo mira desconcertada pero pronto pasara a mirarle con rencor, el único sentimiento que sólo puede anidar en la cabeza de un animal al que han apaleado de pequeño.
Quizá un día se le enfrente cansada de tanto sometimiento y se revele, o se marche con otro tipo menos guapo y más hombre, como hizo su mujer.

domingo, 15 de marzo de 2015

Las lentejas de Magdalena

Cuando se vive recluida y aislada del exterior se agudizan los sentidos. Un ruido podía congelarnos de golpe esperando alguna orden por megafonía, o un olor que llegase de la cocina podía hacer que alguna de nosotras se bloquease, dejando de tener significado para ella cualquier actividad...

Era el caso de Magdalena que jugaba ajena a todo cuanto se cocía en la cocina. Saltaba la comba cansada, con aquella apatía que la arrastraba día a día a tomarse cualquier juego como algo difícil de practicar, como castigo o broma pesada.
Los niños son crueles por naturaleza y si alguna de nosotras, ajena al juego, se entretenía mirando por la ventana de la cocina y había tenido la suerte de sacarle a Rosita, la cocinera, información sobre el plato del día, corría a mitad del patio para gritarlo a los cuatro vientos. Las risas se multiplicaban si para colmo, el plato del día eran lentejas, entonces casi la mayoría reía y celebraba el tan conocido espectáculo que sucedería después, como alimañas al olor de un cadáver.
Era entonces cuando magdalena se bloqueaba y comenzaba a temblar, vaticinando el desastre, la agonía, el cruel desenlace de los acontecimientos.
Lloraba, se orinaba encima y buscaba algún rincón donde esconderse, pero nada de lo que pudiera hacer era comprable con es espectáculo que sobrevendría después, que inevitablemente tenía que suceder, que llegaría...
Una vez todas a la mesa alguien tendría que buscarla y la hermana Ada se encargaba de aquella actividad que la hacía disfrutar sin estremecerse. Tampoco se apresuraba al ejercer su labor, sabía de antemano que el premio llegaría de la mano de Dios, que su recompensa merecería la pena por el simple placer de disfrutar del espectáculo. Nunca la entendí. En realidad jamás comprendí a ninguna de aquellas hermanas que se dedicaban por entero a Dios y dejaban el corazón a los pies de la cama cada día.
Magdalena siempre volvía mientras todas mirábamos con curiosidad infantil por las ventanas, esperando ver aparecer al buitre con la presa, excitadas por la adrenalina infantil del ritual, ávidas de acontecimientos que nos hicieran olvidar nuestra propia existencia.
Volvía arrastrándose envuelta en lagrimas de la mano de madre Ada, que la invitaba a sentarse a la mesa donde ya todas habíamos vuelto, y comenzaba a servir los platos.
Una vez terminado el servicio madre Ada se sentaba a su lado y empuñaba la tan temida cuchara. De mirada inquisitiva la instaba a comer, y Magdalena, que en esos momentos se debatía intentando respirar entre lágrimas y mocos, abría una y otra vez la boca mirándola fijamente, suplicándole el perdón que jamás llegaría hasta que no quedase una lenteja en el plato.
A la tercera cucharada Magdalena comenzaba a dar arcadas y las lentejas le salían por la nariz. Madre Ada, con una delicadeza exquisita rebañaba sus labios, su nariz y su barbilla llevándose junto a las lentejas las lagrimas y los mocos. Nueva cucharada completa, nuevamente arcadas, mas lagrimas y mas mocos...
Cuando la fatiga alcanzaba su punto más álgido Magdalena lo vomitaba todo de golpe, y madre Ada, guiada por esa seguridad que sólo caracterizaba a aquella monja, lo recogía todo en el plato y volvía a introducir la cuchara en su boca.
"Hay que dar gracias a Dios por estos alimentos" decía siempre aquella monja "si estuviérais tiradas en la calle a saber qué comeríais"
Cuando íbamos terminando llevábamos el plato a la cocina y podíamos salir a jugar. Magdalena siempre se quedaba allí, viéndonos salir una detrás de otra hasta que no quedaba nadie en el comedor. Entonces lloraba más y sus gritos podían oírse desde el patio, donde ninguna jugaba y todas nos limitábamos a esperarla. Donde ya el espectáculo tenía menos sentido, porque existían códigos y reglas allí dentro. Porque a cualquiera de nosotras podía tocarnos alguna vez. Porque sabíamos que tarde o temprano nos tocaría.

lunes, 9 de marzo de 2015

El hombre que nunca hacía preguntas.


Andrés coloca encima de la cama una vieja maleta donde va depositando todo cuanto le queda en la vida; un neceser para el aseo, algo de ropa y el retrato de Luisa, su esposa...

Andrés y Luisa llegaron a la residencia hace ocho años. Padres de cinco hijos no tuvieron la suerte de encontrar cobijo en ninguna de aquellas casas y terminaron como terminan hoy muchos ancianos en España, en residencias.
Luisa enfermó nada mas llegar a aquel lugar, duró pocas semanas y Andrés se quedo solo y rodeado de muchos en su misma situación, sumido en esa extraña soledad que te hace alejarte del resto.
Leía compulsivamente o jugaba al domino, que era la única situación donde podía vérsele interactuar con el resto de ancianos. Disfrutaba jugando y hablaba poco, sólo de vez en cuando levantaba la vista para guiñarme un ojo, un gesto cómplice del que yo disfrutaba también en silencio.
No encajó nunca entre demencias porque allí donde otros colocaban sus olvidos él depositaba su realidad en silencio, mirando fijamente cualquier punto de la habitación donde la luz que entraba por los grandes ventanales incidía sobre sus ojos y era reflejada al resto de la estancia, llenándola de respuestas. Tampoco hacía preguntas, cuando algo ocurría y otros llegaban para ver qué había pasado él se retiraba despacio, como conociendo todas las respuestas...
Y ahora doblaba con esmero su ropa para introducirla en aquella maleta vieja sin sonreír, mientras yo le observaba sin hacerle preguntas...
Vi a Andrés desaparecer de la habitación acompañado de su hijo y su nuera, que le ayudaban con la maleta y le decían que todo iba a ser diferente a partir de ese momento.
Recordé las palabras que días antes había oído decir a una monja: "Andrés se irá, su hijo se ha quedado en paro y necesitan los mil ochocientos euros que paga aquí para salir adelante"
Corrí hacia la ventana y estaba a punto de meterse en el coche. Miró hacia donde yo siempre me colocaba y sonrío, volvió a guiñarme un ojo como queriéndome decir; "no te preocupes Fátima, tu secreto está a salvo conmigo"...

lunes, 2 de marzo de 2015

Enemigo íntimo.

Me intimidaba su presencia a kilómetros de mi porque mi piel sabía cómo sentirle cerca.
Le intuía detrás de las paredes de las habitaciones, detrás de cada uno de mis pasos que él observaba. Me daba vergüenza desnudarme en soledad intuyendo sus ojos transparentes, temía verme reflejada en ellos, temía comprobar que todo era producto de mi necesidad, del silencio.
Temía equivocarme, levantar la vista y que no estuviera allí donde le había imaginado. Temía perder el control dejándome llevar por la razón y terminar sumida nuevamente en la rutina.
Me intimidaba su presencia a kilómetros de mi porque ya formaba parte de mi respiración y hacia años que no respiraba de un modo tan acelerado.
Le intuía detrás de cada esquina y en cada pared de la casa podía verle.
Temía colocar la palabra en el lugar equivocado y que todo se desvaneciera. Temía haberle soñado y haber imaginado sus ojos mirando al mar.
Le intuía cerca, tan cerca que en ocasiones temblaba de placer imaginando sus caricias, como si el mar, en una competición febril, hubiera decidido inundarme de azul. Como si el destino jugase conmigo en forma de enemigo.


domingo, 1 de marzo de 2015

Húmedo

Yo quería dormir echada en su pecho mientras sus manos me abrazaban. 
Quería quedarme así, acurrucada al compás de su respiración. 
Quería sentirle respirar profundamente, navegando despacio bajo mi cabeza, como un velero que no tiene prisa por llegar a su destino.
Quería mirarle sin que él lo supiera e imaginar su boca rodeando mis labios. 
Quería recrearme en sus contornos de hombre, en sus manos grandes y en su pecho amplio.
Yo quería hacerle el amor dormido, pasar mi lengua despacio por sus caderas sintiéndolas despertar.
Quería sentirle debajo de mi, atrapado entre mis piernas, como en una carcel.
Quería comprobar cómo lo movía la necesidad.
Quería apoyarme en sus manos para galoparle sintiendo cómo su sexo exigía la caricia.
Le quería en mi cama o en la suya, en la ajena o en la extraña. 
Le quería pensando dentro de mi cabeza.
Le quería así, húmedo...

domingo, 22 de febrero de 2015

A José Luis Alvite




Cuando una mujer le cuenta a un hombre lo que siente ella no pretende que le solucione nada, sino que se calle y la escuche.

Le conocí en un bar de esos virtuales a los que los hombres acudían ya sudados de casa. Un bar de esos en los que el ambiente suena tan cargado como los bronquios del pianista. Un bar donde las mujeres ya estaban excitadas mucho antes de que cayeran rendidos a sus pies los protagonistas de las películas. Un bar donde el humo del tabaco mezclado con el olor a sexo femenino te deja cao diez pasos antes de alcanzar la barra. Un bar como otro cualquiera donde acudía la gente que no encajaba bien en ningún otro lugar. 
Era desordenado y triste, un tipo de esos a los que jamás espero un perro en el rellano de la entrada de su casa ni ningún niño invito al teatro del colegio en Navidad. Era un tipo de esos que a lo único que aspiraban en aquella época era a llegar de pie al cuarto de baño, por eso se sentaba cerca de la puerta de atrás, por si no le daba tiempo a llegar al lavabo.
Yo corría en aquella época huyendo de cualquier cosa que llevase nombre de contrato y él corría en mi misma dirección, supongo que huyendo de la última mujer a la que por error le había pedido matrimonio, tenía la extraña costumbre de buscar siempre un anillo al ver llorar a alguna de ellas.
Hablaba en blanco y negro cuando me senté junto a él en la esquina de aquella barra donde sólo podía intuirle porque todo él era una columna de humo. Fumaba en exceso y ese fue nuestro punto de partida, le dije que un día le mataría el puto tabaco y sonrió.
Llevo días yéndome a dormir con la sensación de llevarte pensando dentro de mi cabeza, dijo. Y esperó a que fuese yo quien comenzara contándole la historia de mi vida. Intuí que había aprendido a escuchar a una mujer antes que a hablar, aunque después del desahogo ella hubiera elegido siempre al tipo duro que sólo la había mirado el tiempo suficiente como para calentarle la entrepierna.
Y hablé durante toda la noche, durante días sucesivos a los que precedieron semanas y charlas interminables. Hablé para aquel hombre que escuchaba tranquilo, para alguien a quien conocí por casualidad, huyendo de algo que todavía hoy no he logrado descifrar, algo de lo que sigo huyendo.
He de reconocer que siempre he disfrutado del placer que supone instalarse en la tristeza y aquel tipo era como yo. Él había vivido cosas que yo jamás hubiera podido imaginar y yo quería oírlas todas de sus labios, de aquella voz en blanco y negro que me desgarraba entera y me dejaba en sus manos.
Conocía el lenguaje de la calle y los vómitos de alcantarillas, conocía lo que a mi me había estado vetado por mi condición de reclusa pueblerina, de inadaptada social. Me conocía incluso antes de haber reparado en él porque habían sido cientos las mujeres que como yo alguna vez frecuentaron aquella barra.
¿Qué esperas de un hombre como yo? Me dijo una noche...
Que me quieras como se quiere a un perro abandonado porque yo te seguiré con la misma fidelidad, respondí. Imagina que sólo soy un perrillo que busca una caricia de cariño...
Mora desconfiada, dijo, yo podría darte cualquier cosa menos cariño...
Y yo colocaba mi cabeza contra su pecho mientras él contaba historias de prostitutas, alcohol, drogas, cárceles noche y sexo, de hombres infieles por naturaleza y mujeres putas por convicción, historias de la calle que nadie como él conocía tan bien, su terreno.
Le quise desde el instante en que me di cuenta de que lo único importante en su vida sería lo que alguna de aquellas mujeres de dudosa reputación llorasen un día sobre su lápida. Le quise incluso antes de terminar de conocerle. Y así volvía cada noche a la barra de aquel bar donde encajaban bien personas como yo, buscándole, descubriendo al padre que había esperado sentada en aquella ventana durante años...
Frecuentaba aquel lugar donde me encontraba bien y dejaba que aquel tipo me contase su vida llena de ausencias, de corazones vacíos y sabanas sucias de hotel. Volvía impaciente e incluso contaba las horas del reloj para volver a verle, para volver a sentirme viva a su lado, para respirar del humo de aquel tabaco que un día nos mataría a ambos y que a esas alturas ya me importaba una mierda. Una y otra vez volvía guiada por la necesidad que él había creado dentro de mi, aquella sensación de plenitud que encontraba en sus ojos y aquella sonrisa que sabía le suponía mi presencia.
Él me esperaba cada noche porque conocía mis angustias, esa parcela de mi que estaba descubriendo a su lado y juntos disfrutábamos del placer que supone compartir tristezas. Me esperaba cada noche imaginando que subsanaba el error de no haber acudido a la puerta del colegio a recoger a alguien como yo por haberse dedicado a salvar princesas, yo llegaba cansada de esperar príncipes que aparecen fatigados con caballos a la espalda. Nos habíamos dedicado a buscarnos eternamente equivocándonos una y otra vez, hasta encontrarnos. Y fue entonces cuando nos prometimos que jamás nos separaríamos el uno del otro, que yo hablaría durante horas y él escucharía, para luego enseñarme historias dibujadas con su voz en blanco y negro. Para enseñarme un mundo que yo iría descubriendo a través de sus palabras. Para vivir historias que jamás hubiera imaginado que pudieran existir.
Me hizo prometerle que un día escribiría sobre aquella extraña amistad y él prometió a su vez que jamás se marcharía de mi lado. 
Y aquí sigo, esperando en la barra del aquel bar a que mi padre encuentre en el fondo de una copa el instante de lucidez que le haga recordar que tiene que volver a recogerme. Seguro que él se ha entretenido planeando la fiesta de cumpleaños que nunca me dio. Seguro que él se ha empeñado en buscar otro pañuelo u otro anillo.

sábado, 21 de febrero de 2015

El extraño placer de la tristeza

A medida que transcurre el tiempo estoy cada vez mas convencida de que el único lugar al que me apetece regresar es aquel del que jamás me he movido, aquel desde el que puedo volar libremente sin cambiar siquiera de sitio, instalada en la pereza más absoluta. A medida que transcurre el tiempo veo cada vez con mas claridad que lo único que me llevaría a abandonar el lugar donde me encuentro sería el placer que supone volver al mismo sitio y sentarme de nuevo en él para seguir viendo pasar las mismas cosas, disfrutando del placer que conlleva instalarse sin equipaje en la tristeza. Para qué voy a engañarme si sé con seguridad que haga lo que haga o dé los pasos que dé todo ira encaminado a seguir postrada en el mismo lugar y ver pasar las cosas como ante un televisor, espectadora paciente y resignada, espectadora de la vida de otros.
Desde mi asiento exclusivo sé que no me está permitido jugar pero tampoco me importa demasiado participar de toda la mierda que me rodea una vez comprendido el significado de las cosas.
Todo el mundo se mueve en la misma dirección, lucha por prosperar o pertenece a alguna corriente con significado destacable. Lucha, la gente lucha por fines que jamás comprenderé y en ello se les va la vida, la paciencia y el significado.
Sin ganas aparentes de participar me he postrado al otro lado de la pantalla y les veo pasar disfrazados de cosas diferentes, subidos en carruajes que cambian de color con la misma facilidad que de opinión ante temas banales y sin sentido. Sin ganas de participar me he posicionado al otro lado, viendo cómo les salpica la mierda mientras cambian de postura y se sacuden, una y otra vez, los tatuajes del pasado.
Luchan viviendo en un mundo donde sus hilos los mueven otros. Creen que consiguen lo que pretendían sin reparar en que la finalidad estaba ya establecida desde el principio. Y como borregos, van despacio al matadero que los hará cada vez mas esclavos.
Es la influencia la que mueve los hilos del mundo y aunque todos sean capaz de sugestionarse ante imágenes difíciles de codificar sus sistemas de supervivencia alejan las mismas escenas con la facilidad de mantenerles distantes, a años luz de la realidad. Un mecanismo homeostático que regula la cabeza manteniendo el equilibrio de mentes que encuentra el placer cada noche entre sabanas disfrazadas de conciencia tranquila.
Me he acostumbrado a encontrar el placer en la inactividad de las cosas, en el sonido del silencio y en la pereza. Me he dado cuenta de que haga lo que haga solo podré salvarme en soledad, arrastrando de forma efímera los minutos que pueda arrancarle al calendario.

jueves, 5 de febrero de 2015

Había demasiada gente en la puerta pero nadie en la recamara cuando las dos tuvieron la misma idea, se miraron y no hizo falta más. Habían tropezado ambas corriendo en direcciones diferentes para entenderse. Sólo hicieron falta unos segundos para separarse del grupo y actuar. La atención la acaparaban ellos, luego entonces, por qué no hacer algo diferente y más efectivo?
Ninguna imagino que la parte trasera estuviera vigilada por aquel tipo con pintas de portero de discoteca. Tampoco imaginaron su reacción cuando las vio llegar y les dejo que saltaran por allí con sonrisa cómplice. Ya estaban dentro y la oscuridad de la noche también se ponía a su favor.
A la mañana siguiente la noticia había alcanzado límites inimaginables y su amistad y el largo camino que a ambas les quedaba por recorrer no había hecho nada más que comenzar.
Se llamaron por teléfono y rieron recordando la hazaña. Próximo destino, Badajoz...

martes, 3 de febrero de 2015

Aquel tipo se propuso explicarle las cosas como si ella tuviera cinco años. ¿Por qué algunas personas que se han especializado en una materia concreta siempre piensan que tienen delante a alguien que no tiene ni puta idea del tema?
"Tienes el pelo rizado y yo voy a convencerte de que no lo tienes" "¿qué me dirías?"
Su primer impulso fue llamarle gilipollas, pero necesitaba de su ayuda para obtener el fin que deseaba, así que mejor sería darle a entender que era estúpida y que él creyera que sus lecciones sobre psiquiatría la estaban impresionando enormemente.
Él conocía la teoría y ella la práctica, no era cuestión de hacerse daño si iban a trabajar juntos para hacer que aquella "enfermedad" degenerase del modo más correcto posible. En otras palabras, la comprensión y el cariño harían que todo transcurriese mejor, incluida la salud de ella. Sintió ganas de llorar pero se contuvo, lo ultimo que hubiera querido es que aquel tipo hubiera notado que era débil.
"Acuérdate de que tienes el pelo rizado y lo sabes, esta en tu cabeza, nadie podrá convencerte de que no lo tienes porque será una lucha inútil"
Salio de allí pensando que si no intentaba convencerla de que sus ideas no eran reales corría el riesgo de terminar peor que ella, pero, ¿qué coño importaba ya? No había vuelta atrás.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Menstruación.

Utilizaba su placer como asidero centrando mi estabilidad en un punto de su anatomía, anclada a él. Dejaba caer dentro de su boca la saliva que le sobraba a mi sexo enfurecido de rabia y necesidad, dolorido a golpes de cadera incandescente. Encontraba en aquello el aliento y la hidratación suficiente cuando fallaban las fuerzas para seguir empujando, para continuar clavada a su sexo mediante sacudidas de falta de tiempo. Mi condición de mujer manchaba de rojo sábanas de un blanco inmaculado y aquella visión sagrada me excitaba aun más si cabe. Pronunciaba su nombre al compás de una respiración acelerada, cerca de su oído, mientras sentía latir la sangre del miembro en mi interior, reclamando la mía, que rebosaba. Sus manos llenas de mi se aferraban a una almohada tibia de ambos, hervían. Hervía en sus labios mi sangre. Hervía aquel cuerpo mientras el mío calmaba el calor a chorros de sudor salado, a bocanadas de temblores interrumpidos por sus dedos, que como llagas, intentaban quemar también lo único que allí se mantenía helado, mi conciencia.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Café de marca

Antonio dio un puñetazo en la mesa tan fuerte que la taza de café que Adela sostenía entre las manos temblorosas cayó sobre el mantel blanco. Según él "la vieja" tenía mucha suerte, el café que tomaba era de marca y así no había manera de llegar a fin de mes...
Antonio y Chari eran una pareja extraña que se habían conocido un día por casualidad y ambos provenían de anteriores parejas fracasadas. Ella seguía casada con su anterior marido y él se había pasado años con una mujer divorciada a la que le había terminado de criar sus hijos. El destino hizo el resto y ahora vivían juntos con Adela, madre de Chari y el niño de ambos.
Antonio trabajaba muchas horas por una miseria, tenía una gran deuda que pagar de su anterior relación y de lo que ganaba aportaba poco a la casa.
Comían los dos de Adela, de la tan recurrida pensión que tanta hambre alivia a las familias hoy en España, de "la vieja".
Adela era el sostén de aquella casa. Pagaba luz, agua, teléfono y comida para todos, pero tenía ochenta y cinco años y ya sólo era un estorbo...

Siempre sentí una extraña debilidad por las personas mayores, una especie de ternura mezclada con cariño. Antes de entrar en el internado disfrutaba acompañando a mi madre a casas donde nadie quería ir, trabajos que nadie quería hacer, momentos que nadie quería pasar...
Aquellos años los recuerdo con ternura. Me sentaba muy quieta mientras mi madre asistía a personas enfermas y encamadas, mayores en el final de sus vidas. La observaba lavarlos, vestirlos y peinarlos, sentarlos a desayunar si podían levantarse y dejarlos completamente acomodados hasta que llegaban otras personas que se encargaban del resto de las tareas en la casa. Veía a mi madre curar llagas posturales, úlceras en piernas, demencias sin retorno. limpiaba detritos que inundaban habitaciones donde el olor te quema la piel y el recuerdo, donde la vida ofrece su espectáculo más triste y seguro, la muerte. La observaba hacer su trabajo con mimo y cuidado, como una máquina programada para limpiar lo sucio, como alguien a quien la vida jamás le puso una sonrisa en los labios y aún así era incapaz de un mal gesto en aquella época, de un desprecio o una palabra inoportuna.
Me acercaba a aquellas camas sucias de excremento donde todavía quedaba vida. Miraba los vómitos que aún colgaban de sus bocas desdentadas y sus ojos perdidos en algún lugar fuera de aquellas habitaciones. Me perdía entre arrugas e imaginaba sus vidas anteriores, cuando la juventud y la fuerza había hecho de aquellas personas encamadas máquinas de criar hijos, hombres y mujeres, no lo que allí quedaba. Aquellas arrugas contaban historias casi siempre tristes de manos deformadas por el trabajo duro, memorias perdidas de recuerdos agotados en el tiempo, hambre y lucha, miseria de la época. Verlos postrados así mientras mi madre hacía su trabajo desnudándolos y limpiando sus miserias me inundaba el corazón de pena, porque ya ni siquiera tenían voluntad, dependían de otros para mantenerse dignos en su ultimo viaje.
Fue así como muy pequeña desarrollé ese tipo de complicidad con las personas mayores, ese cariño fruto de la inocencia perdida en aquellos lugares que nadie quería visitar y el trabajo que nadie quería hacer. Fue así como creo que aprendí a ser persona y respetar las canas y arrugas, las miserias de otros, las que también un día me llegarán a mi. Lo único que nos iguala.
Fue así como comprendo hoy que el café de marca tiene un precio, el de llegar a los ochenta y cinco años habiendo trabajado lo suficiente como para poderlo pagar. El haber cotizado durante años para tener hoy una pensión que nadie te regala. El de las arrugas sobre un mantel blanco manchado de desprecio y rabia porque las cosas no te han salido como habías programado con anterioridad.

"La vieja" se levantó muy despacio y se marchó a su habitación. Yo salí de allí preguntándome qué sería de los tres el día que Adela dejase de existir. Así se lo comenté a Chari días después, ella me dijo que esperaba, al menos, que su madre no muriese antes de terminar Antonio de pagar el préstamo...


sábado, 20 de septiembre de 2014

El cuento que debió ser carta del hombre que quería vivir.

Esta es la historia de un hombre que se llamaba Paco Sanz y quería vivir. Para alcanzar su meta fue a buscar a otro hombre sabio que le dijera cómo hacerlo.
Cuando llegó hasta el lugar y viendo que no tenía tiempo se sentó delante del hombre sabio y le preguntó. Éste se quedó pensando un instante y acordó que el precio a pagar por lo que quería le sería cobrado en el momento de su muerte.
-No me queda tiempo- dijo el hombre-. Padezco una enfermedad extraña y si quiero ahorrar el dinero suficiente para vivir no podré morir hasta conseguirlo- El sabio se quedó pensando y el hombre regresó a su casa.

A la mañana siguiente el hombre encaminó sus pasos hacia la casa de un segundo sabio. Cuando le tuvo delante le pidió que le dijera la manera de conseguir tiempo:
-¿Para qué quieres tiempo?- dijo el sabio-. Necesito conseguir dinero para pagar un viaje- respondió el hombre-. No me queda tiempo y si consigo un poco más, podré ahorrar lo suficiente para pagarlo. Tiempo y dinero son la misma cosa, ya que de ambas depende mi vida.
El segundo sabio acordó que podría darle un poco de tiempo, pero el precio del tiempo siempre se abonaba por adelantado.
-No tengo dinero- dijo el hombre-. Si necesito tiempo para conseguirlo y tampoco dispongo de él  ¿cómo voy a pagarlo antes de lograrlo?- El sabio se quedó pensando y el hombre que quería vivir regresó a su casa.

Una mañana más, y delante de un tercer sabio, el hombre pensó que aunque perdiese un poco del tiempo que le quedaba quizás fuese buena idea contar su historia. Comenzó diciendo que padecía un cáncer genético y que necesitaba viajar a Cleveland. Allí existía un tratamiento experimental que valía 50.000 euros y se administraría en seis meses. Que el hospital del que dependía su curación le pedía un aval bancario de 18.000 euros, del cual se descontarían esos 50.000 antes mencionados.
Explicó que se moría. Cobraba 700 euros de pensión y 550 tenía que gastar en el tratamiento que ahora tomaba. Que en su país, a partir de Octubre, también tendría que pagarse la quimioterapia, y ésta rondaba los 250 euros más. Explicó que estaba desesperado porque se pasaba el día postrado en una cama con fuertes dolores, la poca fuerza de que podía disponer la utilizaba cada mañana en recorrer el camino que separaba su casa de la casa de un hombre sabio, para pedir ayuda. Tenía miedo a quedarse dormido en el trayecto y no despertar, a no poder realizar siquiera aquel simple viaje. Había querido comprar tiempo para pagar su viaje, pero el tiempo valía dinero y a él, no le quedaba el suficiente para ganarlo. 
El sabio se quedó pensando mientras el hombre agachaba la cabeza, y antes de que éste saliera por la puerta dijo:
- Yo no puedo ayudarte, sólo me dedico a hacerlo con animales, las personas tocan demasiado la fibra sensible. Si tomamos como ejemplo al perro sentimos ternura, nos hace pensar en la crueldad de las personas. Si ayudo a animales cualquiera que me vea no tendrá la necesidad de exponerme sus problemas para que le ayude. Si alguien viera que te ayudo a ti, que me implico contigo, pensará, y con razón, que él tiene el mismo derecho a recibir una ayuda similar. Me lloverían peticiones, súplicas, incluso exigencias. La gente suele ser egoísta cuando quiere algo para sí. No piensa en la persona a la que solicita el auxilio, sino en su propio egoísmo. Si a otro le doy una repuesta negativa, se lo tomará como algo personal y comenzará su "odio encarnizado hacia ese hijo de puta que no quiso ayudarme" Yo no puedo permitir que eso suceda- concluyó el hombre sabio.
Un cuarto sabio le explicó que se dedicaba a la política. Su trabajo era muy complicado porque tenía que inventar leyes que rigiesen la vida de los hombres y no tenía tiempo para perderlo en uno sólo. El hombre que quería vivir pensó que si todos los hombres tenían el tiempo tan limitado como él, la tierra se quedaría sin hombres, aunque llena de leyes que a nadie podrían regir.

De regreso a casa se sentó a descansar sobre una piedra, a la sombra de un gran árbol sobre el que vigilaba un búho casi dormido. El hombre sintió miedo y desesperación. Lo vió todo oscuro y comenzó a llorar. 
-¿Por qué buscas en casas de hombres sabios solución a tu problema?-dijo el búho.
-No dispongo de tiempo- dijo el hombre que quería vivir-. Sólo un hombre sabio, que ha pensado tanto como para llegar a ser sabio puede ayudarme.
-Los hombres sabios no son malos- dijo el búho-. Pero si dejan de pensar por un instante pierden parte de la sabiduría que han acumulado durante años. No puedes perder tu poco tiempo así. Tienes que buscar el dinero que necesitas para vivir en casas de hombres que estén lo suficientemente ocupados como para no pensar tanto. Tienes que encontrar el tiempo que necesitas en casas de hombres cargados de problemas.
-¡No puedo hacer éso!- exclamó el hombre-. ¿Cómo voy ha hablarle de mi problema a hombres que tienen también problemas que resolver?
-Escribe una carta- dijo el búho-. Cuenta en ella que quieres vivir por encima de todo y no te queda tiempo. Los hombres cargados de problemas suelen solidarizarse con otros en su misma situación. Se verán reflejados en ti, pensarán que si te ayudan quizás alguien haga algún día lo mismo con ellos.
Pide en tu carta aportaciones pequeñas para pagar ese tiempo que necesitas, recuerda siempre que los hombres cargados de problemas también necesitan dinero para resolver los suyos. No será tan importante la cantidad de dinero que puedas recibir de cada hombre como la cantidad de hombres que puedan hacer un pequeño donativo. Piensa que entre muchos se puede conseguir algo grande.
Entrega tu carta a uno de esos hombres cargados de problemas, al leerla se sentirá identificado y le costará menos hacer una pequeña aportación. Lo importante es que la carta circule en manos de otros iguales a él, ya que esos otros podrían verse inclinados a hacer lo mismo.
-Estoy cansado- dijo el hombre-. He gastado parte la la energía que me quedaba en caminar y son tan fuertes mis dolores de cabeza que no me permitirían escribir esa carta. No soy un hombre sabio, sólo soy un hombre enfermo al que no le queda tiempo siquiera para esperar a que mi carta la leyera todo el mundo.
-Yo te ayudaría- dijo el búho-. Pero sólo sé escribir cuentos, y aunque son dos maneras diferentes de contar la misma historia, podemos intentarlo. ¿Quién sabe?- continuó el búho-. Quizás un día, uno de esos hombres sabios que tanto piensan inventen un aparato en el que con sólo apretar un botón tu carta llegue a muchos hombres a la vez. El problema será entonces convencer a los hombres para apretar ese botón, pero éso ya lo pensaremos más tarde, ahora vamos a comenzar ese cuento...
Y así comenzó el cuento que debió en un principio ser la carta de un hombre que quería vivir llamado Paco Sanz, y la locura de un búho solitario.

Ahora sólo queda esperar que algún sabio invente el aparato ( si no está inventado ya), que los hombres cargados de problemas dispongan de cinco minutos de su tiempo para leer este cuento, aportar un pequeño donativo, o apretar el botón. 
Ahora Paco, sólo te queda esperar...

Fátima.


A Paco Sanz, Marymadrid y Maite.

Ayuda a Paco Sanz: http://www.ayudapacosanz.com

martes, 15 de julio de 2014

La virtud

A veces me cruzo con hombres por la calle y pienso que con cualquiera de ellos podría ensuciar la esencia de mi virtud, pero enseguida recuerdo las palabras de mi madre y comprendo que ésta sólo merece la pulcritud que puede proporcionarle el respeto.
Pienso en la clase a la que se refieren los pueblerinos cuando dividen a las mujeres en respetables o sucias. La misma que te marca por la calle cuando al pasar delante de sus vecinos más antiguos hace que te miren con simpatía o desdén, la repulsión que experimentan ante toda mujer desviada del camino, por toda aquella que no mantenga la virtud como señal de respeto.
Me pregunto en ocasiones si los mismos que aquí juzgan serán tan comedidos en la intimidad de sus alcobas como para mirar por encima del hombro a toda aquella que conserva un pasado, o tiene la desfachatez de mantener la mirada de un hombre durante más de cinco segundos seguidos.
Me pregunto si lo único importante entre tanta basura pueblerina será la apariencia en la que ellos mismos se escudan para mirarte de frente o de lado. Me pregunto cómo serán ellos en lo más recóndito de sus almas, perdidas en esa absurda herencia de juicios morales y apariencias.
Las más ancianas recuerdan su juventud con maltrecha melancolía. Las hay que han parido hijos y dicen no recordar haber entendido el placer al crear ninguno. Pero se jactan en el consuelo de no haber levantado jamás la cabeza en la calle ante la mirada inquisidora de un varón. 
Oh ellas! Tan sacrificadas durante años con el único consuelo de ser respetadas entre la clase. De no dejar tras su tufo neftalínico nada que pueda ser devorado en lenguas ajenas, que a buen seguro han sido menos virtuosas que ellas.
A veces me cruzo con hombres por la calle y procuro no mantenerles la mirada más de cinco segundos en presencia de mi madre. Pero si por suerte encuentro a la mujer distraída y el caballero en cuestión lo amerita, sonrió un poco mientras agacho la cabeza, y regreso a casa con una punzada en el alma y un poco de sabor a triunfo en el interior.